LA CARTA
1998 fue el año de mi retorno a Venezuela después de concluir unos estudios en arte. Fue también el año de la campaña electoral de Hugo Chavez (HCH) orquestada por Luis Miquilena. Cada domingo leía con interés la columna de José Vicente Rangel “Las Horas y los Días”, en donde el ‘Movimiento V República’ aparecía como una víctima acosada y endeble ante las fuerzas de la derecha. Ahí los ‘malos’ éran AD y COPEI. Y un tal ‘Ciceron’ era un espía militar que luchaba por el triunfo del ‘Bien’. El triunfo de HCH. Jamás un angel celestial había llegado tan bajo, en su zambullida elemental, como ese angelito metido a político llamado HCH. Esa era la imagen –falsa- que esa ignominiosa campaña electoral había creado.
Pero la sociedad toda coincidía con estos individuos en la búsqueda de un cambio, una corriente de aire que aireara el tufo malsano, la miasma estancada de AD y Copei. Partidos dirigidos por representantes de la viveza, la picardía de los países subdesarrollados para quienes ser verdaderos demócratas era como tirarle perlas a los cerdos. Por esto y muchas cosas más, al alba mismo de la victoria electoral de HCH (‘el que va a ganar’) y de sus oscuros sicarios, herederos a fin de cuentas de la más retrógrada noción de autoritarismo de izquierda bien aderezada de idealismo, le escribí una carta al vencedor. Una carta para felicitarlo y a la vez advertirle sobre el monumental compromiso que contraía con la nación. Este compromiso derivaba de la paradójica naturaleza del Pueblo de Venezuela: una despiadada lucha de contrarios. Era necesario imponer la armonía entre el instinto y el intelecto. Entre el animal y el ángel. Esa región de la Tierra llamada Venezuela era el escenario de un crimen primordial, igualito o peor que aquél del Rey Edipo. Calcado directamente de la más arcaica época Poseidónica, Troyana o Micénica. Un conflicto mítico en el que, cual caldero humeante de hechicera, se acertaban a ver en el buyente hervor los restos disgregados de cuatro pueblos. Cuatro pueblos y un mismo hombre castigado por el destino. Porque era incapaz de salir a flote en medio de las arrolladoras corrientes de la dinámica de la historia. Ese hombre roto era el resultado de una gestación inconclusa y de un parto accidentado, como aquél de Dionisios devorado por los Titanes.
Como el niño abusado y maltratado en su más tierna infancia que cuando llega a adulto se convierte en el verdugo de los ingenuos y los débiles, así el alma colectiva de esta tierra porta en sí misma el estigma de la violencia primordial que la condena al odio y al egoísmo. Pudiendo ser fértil y productiva y desarrollarse como las estrellas del Cielo cruzando el umbral del Amor y la generosidad.
Este era la esencia del mensaje que le envié a HCH. Con diferentes palabras le recalcaba la absoluta necesidad de armonizar el frágil fondo anímico-instintivo de nuestro pueblo con la árida y abstracta convención materialista de esta época. Que mejor dialéctica, que mejor armonía entre la bestia feroz y el angel que lo mejor de la pedagogía humana, lo mejor de la Moral y de la Luz, aplicado en cura de urgencia y capaz de hacer del alma del pueblo dignos émulos de Robinson, Sucre, Bolivar y Vargas. Junto con la carta iba incluida una genuina obra del costumbrismo venezolano, un libro llamado “El Reflejo de los Remanzos Azules”.
Me pareció un buen medio para expresar un mensaje de armonía entre polos opuestos. En el contrapunteo dialéctico de sus personajes (sobre todo el Poeta, el Cura, el Maestro y el Boticario), Rafael Cabrera-Malo dibujaba un retrato chispeante de la burguesía rural de los Llanos venezolanos a principios del siglo XX.
En la carta le decía yo a HCH que tenía que buscar la armonía entre los polos opuestos que encriptaban la paradoja del alma colectiva de Venezuela. Él hizo todo lo contrario. Porque HCH no era la persona que aparentaba ser: un demócrata capaz de respetar la LIBERTAD de pensamiento, de sentimiento y de voluntad. Sólo era un demagogo ambicioso, un cáncer que sobrevive en la ausencia de oxígeno: la discordia que ataca el espíritu de la Nación. Así lo expresa el Padre Ugalde al comparar a Mandela con HCH (en Iglesia , 28-3-2010):
“Hay líderes que elevan a sus pueblos y líderes que los rebajan y llevan a callejones de destrucción sin salida.”
En conclusión, el fondo de este guignol es una batalla más entre el Amor y el Odio (Empedocles). Que nadie se engañe: sólo el hombre libre puede encontrar el intrincado y espinoso camino de ‘la Moral y la Luz’. La fuente de la dignidad del hombre. HCH ha despertado un mal que dormía conjurado. Todos los hombres 'conscientes' deben cerrar filas con el Amor y la Libertad para derrotar a otro jinete del Apocalipsis.
lunes, 5 de julio de 2010
sábado, 5 de diciembre de 2009
La aporía moral de Venezuela
La aporía moral de Venezuela
Un substrato del alma colectiva
No se puede juzgar y condenar la maldad en Venezuela. Porque ser malo para el común no es sino ser macho. Malo es sinónimo de fuerte, violento, marcial, arrojado, temerario, audaz. La huella perenne de la que hablara Herrera Luque determina este gene impactado en la idiosincracia nacional. Este desplazamiento de sentido por la capilaridad homeostática del signo linguístico es uno de los factores que explican por qué Venezuela es un país subdesarrollado en cuerpo y alma. Y hasta en espíritu, si lo tuviera.
Aquí, el hombre común piensa así: fuerte, malo, audaz. El polo opuesto de esta tríada es: débil. homosexual, cobarde.
Si Ud. es honesto y decente y respetuoso de los derechos de los demás, por la magia benefactora de la educación, probablemente es porque en sus genes, en su sangre, la hormona masculina no alcanza sino los escualidos niveles de la homosexualidad. Aunque sea latente. Es por eso que hasta con los gestos se percibe ese culto por la fuerza, la audacia, la viveza o sea la maldad.
Y si por casualidad Ud. es un malandro innato (genético) pero sus niveles de testosterona no le alcanzan para la media del comportamiento espectacular del macho cabrío, no se preocupe. Existen mil y una maneras de ser malo de pensamiento, palabra, obra y omisión. Una mala acción, un mal gesto del alma, una imprecación soéz, convierten a cualquier enano o sádico niño precoz en un gigante viril. Claro, sólo ante los ojos de los demás: es sólo una transformación virtual. En el escenario grandioso, mítico que es la espectacularidad callejera de la vida psíquica de los venezolanos
Un substrato del alma colectiva
No se puede juzgar y condenar la maldad en Venezuela. Porque ser malo para el común no es sino ser macho. Malo es sinónimo de fuerte, violento, marcial, arrojado, temerario, audaz. La huella perenne de la que hablara Herrera Luque determina este gene impactado en la idiosincracia nacional. Este desplazamiento de sentido por la capilaridad homeostática del signo linguístico es uno de los factores que explican por qué Venezuela es un país subdesarrollado en cuerpo y alma. Y hasta en espíritu, si lo tuviera.
Aquí, el hombre común piensa así: fuerte, malo, audaz. El polo opuesto de esta tríada es: débil. homosexual, cobarde.
Si Ud. es honesto y decente y respetuoso de los derechos de los demás, por la magia benefactora de la educación, probablemente es porque en sus genes, en su sangre, la hormona masculina no alcanza sino los escualidos niveles de la homosexualidad. Aunque sea latente. Es por eso que hasta con los gestos se percibe ese culto por la fuerza, la audacia, la viveza o sea la maldad.
Y si por casualidad Ud. es un malandro innato (genético) pero sus niveles de testosterona no le alcanzan para la media del comportamiento espectacular del macho cabrío, no se preocupe. Existen mil y una maneras de ser malo de pensamiento, palabra, obra y omisión. Una mala acción, un mal gesto del alma, una imprecación soéz, convierten a cualquier enano o sádico niño precoz en un gigante viril. Claro, sólo ante los ojos de los demás: es sólo una transformación virtual. En el escenario grandioso, mítico que es la espectacularidad callejera de la vida psíquica de los venezolanos
viernes, 9 de octubre de 2009
FAUSTO Y EL PENTAGRAMA DEL HOMBRE
ANALFABETAS DEL ESPÍRITU EN EL SIGLO XXI
Todos los problemas sociales, económicos y culturales del siglo XX y del comienzo del siglo XXI tienen por causa la ausencia de una referencia trascendente para la naturaleza humana porque el hombre cambió la fe en Dios por la confianza en la ciencia y la tecnología. La aporía de nuestra Civilización Occidental es: ¿Cómo puede el hombre alcanzar su dignidad si ella es el efecto de una causa que él mismo desconoce: el espíritu. Sin la conciencia trascendente que sólo da una cultura del espíritu el hombre no puede crear una institución política que desafíe el tiempo.
Tomemos como referencia a tres hombres que influenciaron la cultura de su época: Paracelso, Pico de la Mirándola y Tomás de Aquino.
En el siglo XII la Escuela de Chartres constituye un importante foco cultural. Allí los monjes cultivan un pensamiento alejado de la tendencia racionalista de su época. Subrayan un sentimiento substancial del lazo del hombre con el universo: la correspondencia profunda del microcosmos humano con el macrocosmos. Según Alain de Lille (1128-1203) “Dios es una esfera inteligible cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna…; es en efecto lo propio de la forma esférica el no tener ni comienzo ni fin. La criatura es llamada centro porque al igual que el tiempo comparado con la eternidad aparece como un instante, igualmente la criatura comparada con la inmensidad de Dios aparece como un punto o centro.”1
El apogeo de Chartres coincide con el ‘Conflicto de los Universales’. Esta polémica sobre la condición real de los conceptos humanos no es simple retórica, es una verdadera crisis espiritual. El problema del ‘Nominalismo y del ‘Realismo’ mete el dedo en la llaga de la cuestión esencial de la cultura y la condición humana.
Durante el siglo XIII, Paris reemplaza a Chartres como foco intelectual, lo que hace evidente la posición primaria de la lógica. El pensamiento y el método de Aristóteles se imponen como referencia científica. Es en este terreno que se libra la batalla por la verdad con respecto al lazo que une al hombre con el universo. Santo Tomás de Aquino (1225-1274) tiende a mantener ese lazo en el proceso cognoscitivo o intelectual humano. Según él los contenidos del pensamiento existen bajo tres aspectos, en íntima relación y sin embargo distintos. Los conceptos o ‘universales’ existen primero en la inteligencia divina en tanto que realidades creadoras, ‘antes de las cosas’. Después los conceptos existen ‘en las cosas’. Finalmente, ‘después de las cosas’, es decir, en los pensamientos humanos que las conciben. Este es un proceso ternario opuesto a la conciencia dualista que separa la psique pensante del objeto exterior. Dios aparece como el garante de la condición real de la experiencia humana mediante la actividad creadora de la encarnación del pensamiento, el cual proviene de la substancia divina en las cosas. Pero Tomás de Aquino no alcanza a armonizar el ‘realismo’ con el ‘nominalismo’ porque el signo de su época es justamente la separación entre la razón y la fe.
En su famosa tésis en defensa de la tripartición humana De dignitate hominis Juan Pico de la Mirándola (1463-1494) cuenta como Dios, habiendo concluido su obra creadora del universo, deseó la existencia de un ser capaz de admirar la razón, la grandeza y la belleza de tal obra. Pico:
“El perfecto artesano decidió finalmente que a aquél a quien no podía dar nada propio sería común todo lo que había sido lo propio da cada criatura. Tomó entonces al hombre, esta obra de imagen indistinta, y habiéndolo colocado en el medio del mundo le habló de esta manera: ‘No te dado ni un lugar determinado ni faz propia ni don particular, oh Adam para que tu lugar, tu cara y tus dones los desees, los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza contiene otras especies y leyes por mi establecidas. Pero tu, sin bordes que te limiten, te defines a ti mismo, por tu propio arbitrio, en cuyas manos te he colocado. Te he ubicado en el medio del mundo para que puedas contemplar mejor a tu alrededor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que, soberano de ti mismo, acabes tu propia forma libremente a la manera de un pintor o un escultor. Podrás degenerar en formas inferiores como las de las bestias, o regenerado, alcanzar las formas superiores que son divinas. “2
Para Paracelso (1493-1541) , el hombre es un reflejo y una síntesis de todos los reinos de la grande ‘Naturaleza’. Desde lo mineral y vegetal hasta lo astral y racional.
Con el Nominalismo el hombre deja de tener fe en la presencia inmediata de Dios en el mundo. Es el primer paso de lo que será la ciencia experimental positiva. Para el dualista hombre del siglo XXI, Dios está muy lejos y su representante en la tierra es la ciencia y la tecnología. Esta concepción binaria del mundo contrasta con la Oratio de Pico. Para él, el hombre es un ser triple capaz de construirse a sí mismo y libre para realizarse de su libre arbitrio entre el Bien y el Mal. Un mediador entre lo visible y lo invisible a medio camino entre la bestialidad y el espíritu eterno. Un ser fragmentado en medio de una naturaleza cuyo último reflejo es él mismo.
Para el hombre actual estas palabras tienen poco sentido. Porque el hombre de hoy es sólo cuerpo y mente. La palabra espíritu para él carece totalmente de sentido práctico. Una ilusión del hombre del pasado. Pero algunas eventos misteriosos le llaman la atención. Como aquél pasaje del Evangelio de Marcos cruzando el Lago de Gennesareth, cuando un fuerte vendaval amenaza con hacer zozobrar la barca en donde Jesús se había quedado dormido. Los discípulos, atemorizados, lo despiertan en medio de la borrasca: “Jesús, despertado, amenazo al viento y dijo al agua del lago : ‘¡Silencio! ¡Cálmate!’ El viento se apaciguó y hubo una gran calma. Entonces Jesús dijo a los discípulos: ‘¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Todavía no tenéis confianza? (Marcos 4. 35).
El dualismo nominalista acabó con la fe del hombre medieval en Dios. De igual manera el hombre humilde perdió la fe en el orden establecido que, como los antiguos reyes, es el representante de la autoridad divina en el mundo. Los pobres pierden la fe en la democracia a causa de la perversión egoísta de los lideres tradicionales que traicionan la esperanza de los más humildes. Entonces se produce un giro a la izquierda. Un giro que empeora las cosas aún más. Porque si los demócratas son egoístas, los seudo idealistas socialistas también lo son y añaden el despotismo autoritario.
El dualismo que, grosso modo, nace de la interpretación sesgada del ‘Mito de la caverna’ de Platón, conduce en línea recta al mundo caótico en el que sobrevivimos. Un mundo cuerpo-mente, un mundo hipertrofiado sin la profunda solidaridad y el amor que la fe en el espíritu –que a todos iguala- supo inspirarle al hombre del pasado.
Espíritu es una noción “iceberg”, una paradoja. Una idea gigantesca, inefable que cabe en un grano de mostaza. Espíritu es todo el universo. Infinito. ¿Como es que el hombre se ha declarado analfabeta en la noción que une el principio al fin de la realidad cósmica? Una noción cuya ignorancia determina dos problemas cruciales para la humanidad de todos los tiempos: 1) la Naturaleza y 2) la sana evolución del colectivo social. Porque sin la noción de base del Espíritu no es posible entender el orden natural creado por Dios de acuerdo a leyes lógicas (la ciencia experimental-reino mineral) e ‘ilógicas’ u ocultas (reinos vegetal, animal y racional). Tampoco el derecho inalienable del hombre de cualquier clase social a entretener y cuidar la llama de su dignidad.
¿Y qué es el espíritu? Es como el verdadero arte. No cumple ninguna función utilitaria. No sirve para nada funcional. Pero es la causa de todo y del Todo: la causa y el efecto de la Naturaleza viviente y del hombre libre.
Cuando el hombre ignora el espíritu no se reconoce como parte integral del espíritu cósmico. Entonces crea categorías formalistas. Las diferencias dan lugar a injusticias y estas a menudo conducen a las masacres (Armenia, Ruanda, Yugoslavia, etc) y las guerras que legalizan el crimen. Cuando el hombre ignora el espíritu no considera a su prójimo como su igual.
La crisis de Venezuela no es un fenómeno aislado o particular. La crisis de Venezuela no es diferente a la del resto del mundo. Una crisis de valores, de los fundamentos mismos de la existencia humana. Una crisis espiritual que deriva del pensamiento científico. ¿Si el hombre no puede probar la existencia de Dios, a que nivel de realidad se sitúa el fenómeno humano? Con la perdida de la ingenuidad paralela al desarrollo del racionalismo y la ciencia moderna el hombre le ha exigido a su creador tanto su manifestación como su propia identificación. No es de extrañar que todos los valores de la vida individual (la moral) y colectiva (la ética) hayan sido invertidos y desechados. Es el Relativismo, hijo único del conocimiento humano de la materia mineral. Pero Dios no sólo está por encima de la materia sino también del espacio y del tiempo. La ciencia y la tecnología son útiles ayudantes del desarrollo cultural humano pero no referencias absolutas que puedan explicar el enigma del hombre.
Es necesario volver a los principios elementales de la convivencia, el afecto y el respeto mutuo como garantes de la armonía social y cultural mundiales. Volver a ser ingenuos, a ser poetas y a arrodillarnos ante Dios. Sólo de esta manera puede el hombre libre conjurar la amenaza de los totalitarismos de derecha y de izquierda, del ateísmo, de los fundamentalismos y nacionalismos y del capitalismo que destruye la naturaleza en busca de 'energía´. Solo un hombre libre y exento de prejuicios pude concebir una armonía universal fundada en el espíritu humano.
Todos los problemas sociales, económicos y culturales del siglo XX y del comienzo del siglo XXI tienen por causa la ausencia de una referencia trascendente para la naturaleza humana porque el hombre cambió la fe en Dios por la confianza en la ciencia y la tecnología. La aporía de nuestra Civilización Occidental es: ¿Cómo puede el hombre alcanzar su dignidad si ella es el efecto de una causa que él mismo desconoce: el espíritu. Sin la conciencia trascendente que sólo da una cultura del espíritu el hombre no puede crear una institución política que desafíe el tiempo.
Tomemos como referencia a tres hombres que influenciaron la cultura de su época: Paracelso, Pico de la Mirándola y Tomás de Aquino.
En el siglo XII la Escuela de Chartres constituye un importante foco cultural. Allí los monjes cultivan un pensamiento alejado de la tendencia racionalista de su época. Subrayan un sentimiento substancial del lazo del hombre con el universo: la correspondencia profunda del microcosmos humano con el macrocosmos. Según Alain de Lille (1128-1203) “Dios es una esfera inteligible cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna…; es en efecto lo propio de la forma esférica el no tener ni comienzo ni fin. La criatura es llamada centro porque al igual que el tiempo comparado con la eternidad aparece como un instante, igualmente la criatura comparada con la inmensidad de Dios aparece como un punto o centro.”1
El apogeo de Chartres coincide con el ‘Conflicto de los Universales’. Esta polémica sobre la condición real de los conceptos humanos no es simple retórica, es una verdadera crisis espiritual. El problema del ‘Nominalismo y del ‘Realismo’ mete el dedo en la llaga de la cuestión esencial de la cultura y la condición humana.
Durante el siglo XIII, Paris reemplaza a Chartres como foco intelectual, lo que hace evidente la posición primaria de la lógica. El pensamiento y el método de Aristóteles se imponen como referencia científica. Es en este terreno que se libra la batalla por la verdad con respecto al lazo que une al hombre con el universo. Santo Tomás de Aquino (1225-1274) tiende a mantener ese lazo en el proceso cognoscitivo o intelectual humano. Según él los contenidos del pensamiento existen bajo tres aspectos, en íntima relación y sin embargo distintos. Los conceptos o ‘universales’ existen primero en la inteligencia divina en tanto que realidades creadoras, ‘antes de las cosas’. Después los conceptos existen ‘en las cosas’. Finalmente, ‘después de las cosas’, es decir, en los pensamientos humanos que las conciben. Este es un proceso ternario opuesto a la conciencia dualista que separa la psique pensante del objeto exterior. Dios aparece como el garante de la condición real de la experiencia humana mediante la actividad creadora de la encarnación del pensamiento, el cual proviene de la substancia divina en las cosas. Pero Tomás de Aquino no alcanza a armonizar el ‘realismo’ con el ‘nominalismo’ porque el signo de su época es justamente la separación entre la razón y la fe.
En su famosa tésis en defensa de la tripartición humana De dignitate hominis Juan Pico de la Mirándola (1463-1494) cuenta como Dios, habiendo concluido su obra creadora del universo, deseó la existencia de un ser capaz de admirar la razón, la grandeza y la belleza de tal obra. Pico:
“El perfecto artesano decidió finalmente que a aquél a quien no podía dar nada propio sería común todo lo que había sido lo propio da cada criatura. Tomó entonces al hombre, esta obra de imagen indistinta, y habiéndolo colocado en el medio del mundo le habló de esta manera: ‘No te dado ni un lugar determinado ni faz propia ni don particular, oh Adam para que tu lugar, tu cara y tus dones los desees, los conquistes y los poseas por ti mismo. La naturaleza contiene otras especies y leyes por mi establecidas. Pero tu, sin bordes que te limiten, te defines a ti mismo, por tu propio arbitrio, en cuyas manos te he colocado. Te he ubicado en el medio del mundo para que puedas contemplar mejor a tu alrededor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que, soberano de ti mismo, acabes tu propia forma libremente a la manera de un pintor o un escultor. Podrás degenerar en formas inferiores como las de las bestias, o regenerado, alcanzar las formas superiores que son divinas. “2
Para Paracelso (1493-1541) , el hombre es un reflejo y una síntesis de todos los reinos de la grande ‘Naturaleza’. Desde lo mineral y vegetal hasta lo astral y racional.
Con el Nominalismo el hombre deja de tener fe en la presencia inmediata de Dios en el mundo. Es el primer paso de lo que será la ciencia experimental positiva. Para el dualista hombre del siglo XXI, Dios está muy lejos y su representante en la tierra es la ciencia y la tecnología. Esta concepción binaria del mundo contrasta con la Oratio de Pico. Para él, el hombre es un ser triple capaz de construirse a sí mismo y libre para realizarse de su libre arbitrio entre el Bien y el Mal. Un mediador entre lo visible y lo invisible a medio camino entre la bestialidad y el espíritu eterno. Un ser fragmentado en medio de una naturaleza cuyo último reflejo es él mismo.
Para el hombre actual estas palabras tienen poco sentido. Porque el hombre de hoy es sólo cuerpo y mente. La palabra espíritu para él carece totalmente de sentido práctico. Una ilusión del hombre del pasado. Pero algunas eventos misteriosos le llaman la atención. Como aquél pasaje del Evangelio de Marcos cruzando el Lago de Gennesareth, cuando un fuerte vendaval amenaza con hacer zozobrar la barca en donde Jesús se había quedado dormido. Los discípulos, atemorizados, lo despiertan en medio de la borrasca: “Jesús, despertado, amenazo al viento y dijo al agua del lago : ‘¡Silencio! ¡Cálmate!’ El viento se apaciguó y hubo una gran calma. Entonces Jesús dijo a los discípulos: ‘¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Todavía no tenéis confianza? (Marcos 4. 35).
El dualismo nominalista acabó con la fe del hombre medieval en Dios. De igual manera el hombre humilde perdió la fe en el orden establecido que, como los antiguos reyes, es el representante de la autoridad divina en el mundo. Los pobres pierden la fe en la democracia a causa de la perversión egoísta de los lideres tradicionales que traicionan la esperanza de los más humildes. Entonces se produce un giro a la izquierda. Un giro que empeora las cosas aún más. Porque si los demócratas son egoístas, los seudo idealistas socialistas también lo son y añaden el despotismo autoritario.
El dualismo que, grosso modo, nace de la interpretación sesgada del ‘Mito de la caverna’ de Platón, conduce en línea recta al mundo caótico en el que sobrevivimos. Un mundo cuerpo-mente, un mundo hipertrofiado sin la profunda solidaridad y el amor que la fe en el espíritu –que a todos iguala- supo inspirarle al hombre del pasado.
Espíritu es una noción “iceberg”, una paradoja. Una idea gigantesca, inefable que cabe en un grano de mostaza. Espíritu es todo el universo. Infinito. ¿Como es que el hombre se ha declarado analfabeta en la noción que une el principio al fin de la realidad cósmica? Una noción cuya ignorancia determina dos problemas cruciales para la humanidad de todos los tiempos: 1) la Naturaleza y 2) la sana evolución del colectivo social. Porque sin la noción de base del Espíritu no es posible entender el orden natural creado por Dios de acuerdo a leyes lógicas (la ciencia experimental-reino mineral) e ‘ilógicas’ u ocultas (reinos vegetal, animal y racional). Tampoco el derecho inalienable del hombre de cualquier clase social a entretener y cuidar la llama de su dignidad.
¿Y qué es el espíritu? Es como el verdadero arte. No cumple ninguna función utilitaria. No sirve para nada funcional. Pero es la causa de todo y del Todo: la causa y el efecto de la Naturaleza viviente y del hombre libre.
Cuando el hombre ignora el espíritu no se reconoce como parte integral del espíritu cósmico. Entonces crea categorías formalistas. Las diferencias dan lugar a injusticias y estas a menudo conducen a las masacres (Armenia, Ruanda, Yugoslavia, etc) y las guerras que legalizan el crimen. Cuando el hombre ignora el espíritu no considera a su prójimo como su igual.
La crisis de Venezuela no es un fenómeno aislado o particular. La crisis de Venezuela no es diferente a la del resto del mundo. Una crisis de valores, de los fundamentos mismos de la existencia humana. Una crisis espiritual que deriva del pensamiento científico. ¿Si el hombre no puede probar la existencia de Dios, a que nivel de realidad se sitúa el fenómeno humano? Con la perdida de la ingenuidad paralela al desarrollo del racionalismo y la ciencia moderna el hombre le ha exigido a su creador tanto su manifestación como su propia identificación. No es de extrañar que todos los valores de la vida individual (la moral) y colectiva (la ética) hayan sido invertidos y desechados. Es el Relativismo, hijo único del conocimiento humano de la materia mineral. Pero Dios no sólo está por encima de la materia sino también del espacio y del tiempo. La ciencia y la tecnología son útiles ayudantes del desarrollo cultural humano pero no referencias absolutas que puedan explicar el enigma del hombre.
Es necesario volver a los principios elementales de la convivencia, el afecto y el respeto mutuo como garantes de la armonía social y cultural mundiales. Volver a ser ingenuos, a ser poetas y a arrodillarnos ante Dios. Sólo de esta manera puede el hombre libre conjurar la amenaza de los totalitarismos de derecha y de izquierda, del ateísmo, de los fundamentalismos y nacionalismos y del capitalismo que destruye la naturaleza en busca de 'energía´. Solo un hombre libre y exento de prejuicios pude concebir una armonía universal fundada en el espíritu humano.
1) Paul-Henri Bideau, De l’École de Chartres au goéthéanisme, revista Triades, septiembre 1981, año XXIX, Nº 1, p. 17-30.
2) Jean Pic de la Mirandole, de dignitate hominis, in, Oeuvres philosophiques, epiméthée, PUF, Paris 1993, pp. 4-7.
miércoles, 7 de octubre de 2009
DEMOCRACIA
LA ESENCIA DE LA DEMOCRACIA ES: “NADIE ES INDISPENSABLE”.
TODOS POSEEMOS EL SENTIDO COMÚN COLECTIVO QUE NOS CAPACITA PARA REPRESENTAR EL IDEAL DEL BIEN COMÚN.
¿POR QUÉ ENTONCES HAY DICTADORES?
PORQUE LA AMBICIÓN Y EL AMOR AL PODER TRASTORNA A CIERTOS HOMBRES.
EL ORDEN DEMOCRÁTICO ES MORALMENTE JUSTO. SU FUNDAMENTO ES EL DESAPEGO POR EL PODER Y LA CONCIENCIA DE QUE, UNIDOS TODOS EN UN MISMO ESPÍRITU, NADIE ES INDISPENSABLE.
LA DICTADURA ES LA PASIÓN MALIGNA DE LA AMBICIÓN INDIVIDUAL.
DEMOCRACIA ES LA VIA JUSTA HACIA EL BIEN COMÚN.
EN LA DICTADURA EL HOMBRE CONTAMINA EL IDEAL DEL BIEN COMÚN CON LA MÁS OSCURA Y SINIESTRA PERVERSIÓN DE SU AMOR PROPIO.
‘12’ ES EL UNIVERSO.
‘7’ ES EL ORDEN SUPERIOR EN EL MUNDO FÍSICO.
‘5’ ES EL AMOR PROPIO, LA PASIÓN HUMANA ENTRE EL BIEN Y EL MAL.
TODOS POSEEMOS EL SENTIDO COMÚN COLECTIVO QUE NOS CAPACITA PARA REPRESENTAR EL IDEAL DEL BIEN COMÚN.
¿POR QUÉ ENTONCES HAY DICTADORES?
PORQUE LA AMBICIÓN Y EL AMOR AL PODER TRASTORNA A CIERTOS HOMBRES.
EL ORDEN DEMOCRÁTICO ES MORALMENTE JUSTO. SU FUNDAMENTO ES EL DESAPEGO POR EL PODER Y LA CONCIENCIA DE QUE, UNIDOS TODOS EN UN MISMO ESPÍRITU, NADIE ES INDISPENSABLE.
LA DICTADURA ES LA PASIÓN MALIGNA DE LA AMBICIÓN INDIVIDUAL.
DEMOCRACIA ES LA VIA JUSTA HACIA EL BIEN COMÚN.
EN LA DICTADURA EL HOMBRE CONTAMINA EL IDEAL DEL BIEN COMÚN CON LA MÁS OSCURA Y SINIESTRA PERVERSIÓN DE SU AMOR PROPIO.
‘12’ ES EL UNIVERSO.
‘7’ ES EL ORDEN SUPERIOR EN EL MUNDO FÍSICO.
‘5’ ES EL AMOR PROPIO, LA PASIÓN HUMANA ENTRE EL BIEN Y EL MAL.
jueves, 27 de agosto de 2009
Interpretación del Cuento
En este cuento, dice Rudolf Steiner, se personifican las tendencias múltiples del alma humana; sus aventuras y acciones recíprocas encarnan toda la vida psíquica del hombre. Para comprender todo esto es fundamental tener en cuenta que la imaginación de Goethe no inventa abstracciones arbitrarias y sin sentido. Los personajes del cuento son percepciones suprasensibles. La atmósfera y los personajes del cuento están dictados por la pura fantasía pero es necesario establecer cuales fueron los pensamientos y las impulsiones intelectuales que animaban la imaginación del poeta. El móvil principal es transformar en un medio plástico, artístico, el contenido filosófico de Schiller sobre la búsqueda de la dignidad del hombre. Goethe metamorfosea las fuerzas del alma en personajes y ambienta la búsqueda de la dignidad ‘a medio camino’ entre las dos orillas de un río.
Pero comencemos por el principio: la obra en la que va insertado el cuento y su contexto espacio-temporal.
Tal como lo dice Rudolf Steiner en “L’Esprit de Goethe” las “Conversaciones de los emigrados alemanes” fue publicada por Goethe en la revista “Horas” en 1795. Su argumento refleja los conflictos causados por la Revolución Francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad son conceptos que reflejan la triple naturaleza del hombre: cuerpo, alma y espíritu. Este enfoque de lo más alto en el hombre es también la razón por la cual Schiller escribió sus “Cartas sobre la educación estética del hombre”. Originalmente escritas para el Duque de Augustenburg, las “Cartas” fueron remanejadas para su publicación en las “Horas” en 1794.
Siempre según Steiner, existen dos tendencias básicas en el hombre. La una deriva de su condición animal: es el pleno centro de la naturaleza fisica, la satisfacción y plenitud de los sentidos. La otra es una mirada hacia arriba: la más alta moral implícita en su naturaleza racional. Entre esas dos tendencias se encuentra el juego.[1] El juego, cuya máxima expresión es el Arte. En sus “Cartas” Schiller habla de la oposición entre la ‘tendencia sensual’ y la ‘tendencia razonable’. El desarrollo del núcleo personal del alma humana se encuentra también a medio camino entre la naturaleza sensible y la pura espiritualidad.
Steiner: “Una libre personalidad sería aquel ser humano cuya sensualidad revelaría tanta espiritualidad como la razón y cuya razón poseería tanta energía elemental como la pasión.” [2] Schiller fundamenta la armonía de la vida colectiva en la sociedad humana sobre el desarrollo de la libre personalidad. Individualidad libre y digna y sociedad sana y armoniosa son para él como un mismo círculo, una sola y misma cosa. Esta era su respuesta a los grandes problemas planteados por la Revolución Francesa.
Las “Conversaciones”, prosigue Steiner, giran alrededor de dos ideas centrales. La primera concierne aquellos hombres que siempre creen reconocer relaciones que escapan a las leyes de la realidad sensible en ciertos eventos o circunstancias de la vida. Es la agradable sensación de seudo-misticismo que sienten algunos cuando oyen un cuento o suceso de apariencia sobrenatural. Esta inclinación por los hechos inexplicables que desafían el orden natural de las cosas no puede ser sino una pueril deformación de la nostalgia que siente el alma humana por el mundo espiritual.
La segunda idea central de las “Conversaciones” concierne la vida moral. El hombre extrae sus móviles morales no de la esfera de los sentidos sino de un mundo de impulsiones superiores que lo elevan por encima de la sensualidad. Esa alta moral humana sólo existe en tanto que confluencia de energías suprasensibles que, como un torrente invisible, irrumpe en la vida ordinaria del alma.
Según la exégesis de Steiner, repetimos, Goethe habría retomado el modelo ternario propuesto por Schiller y habría transformado esta teoría filosófica en su polo opuesto: el lenguaje del Arte. Schiller dice que el juego es la interfaz en la que la razón desciende hacia los sentidos (la naturaleza animal o física) y en donde los sentidos se elevan hacia la razón. Pero para Goethe este enunciado es una pura abstracción si no va acompañado de la experiencia de la vida humana. Schiller habla de filosofía en términos abstractos mientras Goethe transforma esta teoría en imágenes.
Detrás de la imagen encarnada de cada personaje del cuento Steiner discierne un trasfondo particular. Para él, los Fuegos Fatuos serían la imagen artística de la abstracción intelectual. La imagen de una ciencia que domina el proceso cognoscitivo pero es incapaz de armonizar la idea abstracta con la realidad sensible. La Serpiente Verde sería la imagen del hombre que extrae del conocimiento abstracto (el oro), luz y sabiduría, sin perder la relación con la horizontalidad de la realidad al elevarse a la posición vertical. 'Sabio es aquel hombre que de la Idea pasa a la cosa misma'. Los Reyes son las tres fuerzas del conocimiento, las tres vías de la iniciación por el pensamiento, el sentimiento y la voluntad. Están aisladas en el espíritu humano en su estado ideal cuando se transforman en Sabiduría, Belleza y Fuerza. El Barquero encarna las fuerzas ocultas del alma humana, ligadas a la naturaleza universal y en relación con la vida y la muerte. El Caballero es la imagen de la gesta del conocimiento total. La Bella Lilia es la imagen del Eterno Femenino Universal. La unión con ella significa para el hombre la armonía de los contrarios y la eternidad. El Viejo de la Lámpara es la imagen de la devoción y de la religión. Su esposa es la ‘razón’, el sentido común que no supera el lado práctico de las cosas. El Gigante representa las fuerzas inferiores del alma como el espiritismo y la antigua clarividencia. Los secretos del Viejo de la Lámpara se refieren a los tres reinos de la naturaleza: vegetal, mineral y animal. El más importante es aquel que está a la vista de todos: el pensamiento del hombre. Este cuarto reino es el misterio que debe revelarse en el alma humana. Pero la única vía es el sacrificio de la Serpiente Verde. El sacrificio de la fuerza humana que se adhiere exclusivamente a la realidad exterior tomándola como un fin en sí misma. Es necesario renunciar a la referencia sensorial, a la representación abstracta del mundo antes de acceder a la visión integral de la Iniciación. Es necesario morir… para renacer. El sacrificio de la Serpiente Verde da lugar a una nueva facultad del alma cuya imagen es el Templo subterráneo que emerge a la superficie de la tierra y el Puente a través del cual el hombre del futuro transita libremente entre el mundo físico y el mundo espiritual.
En cuanto a las dos orillas del Río, Steiner afirma que el hombre posee energías ocultas –afines a las potencias creadoras del universo- que lo acercan a la esencia de las cosas. Todo eso viene de Lilia y tiende a volver a ella. Pero esas fuerzas enterradas en el subconsciente humano son incapaces de transportar al hombre a la orilla de Lilia. Goethe indica dos vías para cruzar el Río. El cuerpo de la Serpiente y la sombra del Gigante. Quien quiere pasar de día, en la claridad consciente, recurre a la Serpiente. ‘El Gigante es débil pero su sombra es poderosa’. Quien prefiere la media luz del crepúsculo toma la sombra del Gigante (el inconsciente).
Un individuo aislado nada puede. Sólo aquél que se une a muchos en el momento adecuado
En un principio, nos dice la mitología, el hombre formaba una unidad y vivía en la Luz. Pero esa unidad se fragmentó en millones de partículas de fuego. Así nació el alma humana cuyo símbolo es la Torre de Babel: ‘la individualidad porta en si misma el germen de su propia destrucción’. La individualidad egoísta que vive la larga agonía de sus sentidos y de su orgullo. El hombre que no teme, respeta a Dios es una fuente de caos. Comenzar a respetarlo es respetar al prójimo.
La Moral y la Luz no son una condición humana. Son un estado de espíritu. Un lejano y utópico Shangrilá hacia el cual el hombre digno siempre se dirige. Para comenzar ese largo viaje es necesario desearlo con pasión. Pasión en el proceso de aprendizaje que transforma el alma y la devuelve a la Luz unitaria original.
El núcleo central del famoso cuento de Goethe ‘La Serpiente Verde y la Flor de Lis’ es: ‘cuando el hombre se une es capaz de enfrentar su destino’. Todo el devenir de Oriente y Occidente, del hombre en busca de sí mismo, en busca de su dignidad se resume en tres palabras: Libertad, Igualdad y Fraternidad. La espiritualidad de Oriente tomó la vía del Oeste, de Occidente en las alforjas de los monjes caballeros. Los Templarios. Pero fueron sus ayudantes, los gremios masones medievales quienes se encargaron de la difusión. [3]
La vida del alma es pensamiento sentimiento y voluntad en busca del Eterno Femenino universal. En busca de la dignidad del hombre libre. Pero existe un principio de desunión, de fragmentación que se opone tenazmente a la realización de esa dignidad. Es el cuarto Rey. El Rey mezclado.
El proceso que convierte a este Rey en Oro, Plata y Bronce es uno de esfuerzos y sacrificios. Sólo el largo viaje hacia la Moral y la Luz puede realizar esa transformación. La condición sine qua non es la unión. Cuando las fuerzas del alma se unen logran conjurar el peligro y contribuir al proceso que une los dos mundos. Cuando el hombre se une por encima de sus diferencias reintegra la Moral y la Luz de los orígenes. Alcanza el espíritu, la Idea (Nación, Dignidad, Bien Común).4
En su actual estado, el hombre venezolano no percibe las Ideas. Su alma necesita un afinamiento que la encauce de nuevo hacia la inefable senda de la dignidad.
Como en el caso de la atracción entre la nicotina y la sangre, el pueblo venezolano prefiere la nicotina al oxígeno. La nicotina es Hugo Chávez (HCH). El oxígeno es la República Democrática enmendada de sus errores. Esto sucede porque HCH ha aniquilado la fe del hombre en el hombre. La fe en lo más alto en el ámbito humano: la bondad innata. Sin ella no existe la confianza. Sin confianza la vida humana es un infierno
Las Naciones también son organismos triples dotados de un cuerpo, un alma y un espíritu: la economía, la política y la cultura. Cuando un tirano se apodera de una Nación es necesaria la unión de los individuos para conjurar la amenaza del egoísmo y la ambición de poder hechos sistema de gobierno. Porque HCH ha sembrado la disensión, el odio y la desconfianza. El acto de fe que supera la desconfianza es un gesto espiritual. ‘Sólo en la unión puede el hombre enfrentar su destino’. El rey mezclado no ha aislado las tres fuerzas del alma y su destino es la destrucción.
¿Llegará un momento en Venezuela en el que el hombre libre, el hombre en busca de su dignidad pase del enunciado ideológico a la acción? Sí. Pero primero hay que establecer sobre que premisas asentamos el nuevo, renovado orden social democrático que debe prevalecer. Libertad, Igualdad y Fraternidad. Todos unidos en busca del Vellocino de Oro: la dignidad del hombre. Ese ideal conduce a Venezuela fuera de las tinieblas del despotismo satrápico (a la‘Mugabe’, ‘Bocassa’, ‘Mobutu’ e ‘Idi Amín’) hacia las alturas donde brilla el Sol del espíritu divino. La Moral y la Luz. ¡Venezolanos! La unión en un mismo ideal de la dignidad del hombre por encima de cualquier perversión egoísta es, como diría el difunto Renny Ottolina, una cuestión de integridad.
‘PERFORMANCE’ ES LA ACCIÒN TOTAL EN LA QUE EL HOMBRE SE CONOCE A SÌ MISMO
En este cuento, dice Rudolf Steiner, se personifican las tendencias múltiples del alma humana; sus aventuras y acciones recíprocas encarnan toda la vida psíquica del hombre. Para comprender todo esto es fundamental tener en cuenta que la imaginación de Goethe no inventa abstracciones arbitrarias y sin sentido. Los personajes del cuento son percepciones suprasensibles. La atmósfera y los personajes del cuento están dictados por la pura fantasía pero es necesario establecer cuales fueron los pensamientos y las impulsiones intelectuales que animaban la imaginación del poeta. El móvil principal es transformar en un medio plástico, artístico, el contenido filosófico de Schiller sobre la búsqueda de la dignidad del hombre. Goethe metamorfosea las fuerzas del alma en personajes y ambienta la búsqueda de la dignidad ‘a medio camino’ entre las dos orillas de un río.
Pero comencemos por el principio: la obra en la que va insertado el cuento y su contexto espacio-temporal.
Tal como lo dice Rudolf Steiner en “L’Esprit de Goethe” las “Conversaciones de los emigrados alemanes” fue publicada por Goethe en la revista “Horas” en 1795. Su argumento refleja los conflictos causados por la Revolución Francesa. Libertad, Igualdad, Fraternidad son conceptos que reflejan la triple naturaleza del hombre: cuerpo, alma y espíritu. Este enfoque de lo más alto en el hombre es también la razón por la cual Schiller escribió sus “Cartas sobre la educación estética del hombre”. Originalmente escritas para el Duque de Augustenburg, las “Cartas” fueron remanejadas para su publicación en las “Horas” en 1794.
Siempre según Steiner, existen dos tendencias básicas en el hombre. La una deriva de su condición animal: es el pleno centro de la naturaleza fisica, la satisfacción y plenitud de los sentidos. La otra es una mirada hacia arriba: la más alta moral implícita en su naturaleza racional. Entre esas dos tendencias se encuentra el juego.[1] El juego, cuya máxima expresión es el Arte. En sus “Cartas” Schiller habla de la oposición entre la ‘tendencia sensual’ y la ‘tendencia razonable’. El desarrollo del núcleo personal del alma humana se encuentra también a medio camino entre la naturaleza sensible y la pura espiritualidad.
Steiner: “Una libre personalidad sería aquel ser humano cuya sensualidad revelaría tanta espiritualidad como la razón y cuya razón poseería tanta energía elemental como la pasión.” [2] Schiller fundamenta la armonía de la vida colectiva en la sociedad humana sobre el desarrollo de la libre personalidad. Individualidad libre y digna y sociedad sana y armoniosa son para él como un mismo círculo, una sola y misma cosa. Esta era su respuesta a los grandes problemas planteados por la Revolución Francesa.
Las “Conversaciones”, prosigue Steiner, giran alrededor de dos ideas centrales. La primera concierne aquellos hombres que siempre creen reconocer relaciones que escapan a las leyes de la realidad sensible en ciertos eventos o circunstancias de la vida. Es la agradable sensación de seudo-misticismo que sienten algunos cuando oyen un cuento o suceso de apariencia sobrenatural. Esta inclinación por los hechos inexplicables que desafían el orden natural de las cosas no puede ser sino una pueril deformación de la nostalgia que siente el alma humana por el mundo espiritual.
La segunda idea central de las “Conversaciones” concierne la vida moral. El hombre extrae sus móviles morales no de la esfera de los sentidos sino de un mundo de impulsiones superiores que lo elevan por encima de la sensualidad. Esa alta moral humana sólo existe en tanto que confluencia de energías suprasensibles que, como un torrente invisible, irrumpe en la vida ordinaria del alma.
Según la exégesis de Steiner, repetimos, Goethe habría retomado el modelo ternario propuesto por Schiller y habría transformado esta teoría filosófica en su polo opuesto: el lenguaje del Arte. Schiller dice que el juego es la interfaz en la que la razón desciende hacia los sentidos (la naturaleza animal o física) y en donde los sentidos se elevan hacia la razón. Pero para Goethe este enunciado es una pura abstracción si no va acompañado de la experiencia de la vida humana. Schiller habla de filosofía en términos abstractos mientras Goethe transforma esta teoría en imágenes.
Detrás de la imagen encarnada de cada personaje del cuento Steiner discierne un trasfondo particular. Para él, los Fuegos Fatuos serían la imagen artística de la abstracción intelectual. La imagen de una ciencia que domina el proceso cognoscitivo pero es incapaz de armonizar la idea abstracta con la realidad sensible. La Serpiente Verde sería la imagen del hombre que extrae del conocimiento abstracto (el oro), luz y sabiduría, sin perder la relación con la horizontalidad de la realidad al elevarse a la posición vertical. 'Sabio es aquel hombre que de la Idea pasa a la cosa misma'. Los Reyes son las tres fuerzas del conocimiento, las tres vías de la iniciación por el pensamiento, el sentimiento y la voluntad. Están aisladas en el espíritu humano en su estado ideal cuando se transforman en Sabiduría, Belleza y Fuerza. El Barquero encarna las fuerzas ocultas del alma humana, ligadas a la naturaleza universal y en relación con la vida y la muerte. El Caballero es la imagen de la gesta del conocimiento total. La Bella Lilia es la imagen del Eterno Femenino Universal. La unión con ella significa para el hombre la armonía de los contrarios y la eternidad. El Viejo de la Lámpara es la imagen de la devoción y de la religión. Su esposa es la ‘razón’, el sentido común que no supera el lado práctico de las cosas. El Gigante representa las fuerzas inferiores del alma como el espiritismo y la antigua clarividencia. Los secretos del Viejo de la Lámpara se refieren a los tres reinos de la naturaleza: vegetal, mineral y animal. El más importante es aquel que está a la vista de todos: el pensamiento del hombre. Este cuarto reino es el misterio que debe revelarse en el alma humana. Pero la única vía es el sacrificio de la Serpiente Verde. El sacrificio de la fuerza humana que se adhiere exclusivamente a la realidad exterior tomándola como un fin en sí misma. Es necesario renunciar a la referencia sensorial, a la representación abstracta del mundo antes de acceder a la visión integral de la Iniciación. Es necesario morir… para renacer. El sacrificio de la Serpiente Verde da lugar a una nueva facultad del alma cuya imagen es el Templo subterráneo que emerge a la superficie de la tierra y el Puente a través del cual el hombre del futuro transita libremente entre el mundo físico y el mundo espiritual.
En cuanto a las dos orillas del Río, Steiner afirma que el hombre posee energías ocultas –afines a las potencias creadoras del universo- que lo acercan a la esencia de las cosas. Todo eso viene de Lilia y tiende a volver a ella. Pero esas fuerzas enterradas en el subconsciente humano son incapaces de transportar al hombre a la orilla de Lilia. Goethe indica dos vías para cruzar el Río. El cuerpo de la Serpiente y la sombra del Gigante. Quien quiere pasar de día, en la claridad consciente, recurre a la Serpiente. ‘El Gigante es débil pero su sombra es poderosa’. Quien prefiere la media luz del crepúsculo toma la sombra del Gigante (el inconsciente).
Un individuo aislado nada puede. Sólo aquél que se une a muchos en el momento adecuado
En un principio, nos dice la mitología, el hombre formaba una unidad y vivía en la Luz. Pero esa unidad se fragmentó en millones de partículas de fuego. Así nació el alma humana cuyo símbolo es la Torre de Babel: ‘la individualidad porta en si misma el germen de su propia destrucción’. La individualidad egoísta que vive la larga agonía de sus sentidos y de su orgullo. El hombre que no teme, respeta a Dios es una fuente de caos. Comenzar a respetarlo es respetar al prójimo.
La Moral y la Luz no son una condición humana. Son un estado de espíritu. Un lejano y utópico Shangrilá hacia el cual el hombre digno siempre se dirige. Para comenzar ese largo viaje es necesario desearlo con pasión. Pasión en el proceso de aprendizaje que transforma el alma y la devuelve a la Luz unitaria original.
El núcleo central del famoso cuento de Goethe ‘La Serpiente Verde y la Flor de Lis’ es: ‘cuando el hombre se une es capaz de enfrentar su destino’. Todo el devenir de Oriente y Occidente, del hombre en busca de sí mismo, en busca de su dignidad se resume en tres palabras: Libertad, Igualdad y Fraternidad. La espiritualidad de Oriente tomó la vía del Oeste, de Occidente en las alforjas de los monjes caballeros. Los Templarios. Pero fueron sus ayudantes, los gremios masones medievales quienes se encargaron de la difusión. [3]
La vida del alma es pensamiento sentimiento y voluntad en busca del Eterno Femenino universal. En busca de la dignidad del hombre libre. Pero existe un principio de desunión, de fragmentación que se opone tenazmente a la realización de esa dignidad. Es el cuarto Rey. El Rey mezclado.
El proceso que convierte a este Rey en Oro, Plata y Bronce es uno de esfuerzos y sacrificios. Sólo el largo viaje hacia la Moral y la Luz puede realizar esa transformación. La condición sine qua non es la unión. Cuando las fuerzas del alma se unen logran conjurar el peligro y contribuir al proceso que une los dos mundos. Cuando el hombre se une por encima de sus diferencias reintegra la Moral y la Luz de los orígenes. Alcanza el espíritu, la Idea (Nación, Dignidad, Bien Común).4
En su actual estado, el hombre venezolano no percibe las Ideas. Su alma necesita un afinamiento que la encauce de nuevo hacia la inefable senda de la dignidad.
Como en el caso de la atracción entre la nicotina y la sangre, el pueblo venezolano prefiere la nicotina al oxígeno. La nicotina es Hugo Chávez (HCH). El oxígeno es la República Democrática enmendada de sus errores. Esto sucede porque HCH ha aniquilado la fe del hombre en el hombre. La fe en lo más alto en el ámbito humano: la bondad innata. Sin ella no existe la confianza. Sin confianza la vida humana es un infierno
Las Naciones también son organismos triples dotados de un cuerpo, un alma y un espíritu: la economía, la política y la cultura. Cuando un tirano se apodera de una Nación es necesaria la unión de los individuos para conjurar la amenaza del egoísmo y la ambición de poder hechos sistema de gobierno. Porque HCH ha sembrado la disensión, el odio y la desconfianza. El acto de fe que supera la desconfianza es un gesto espiritual. ‘Sólo en la unión puede el hombre enfrentar su destino’. El rey mezclado no ha aislado las tres fuerzas del alma y su destino es la destrucción.
¿Llegará un momento en Venezuela en el que el hombre libre, el hombre en busca de su dignidad pase del enunciado ideológico a la acción? Sí. Pero primero hay que establecer sobre que premisas asentamos el nuevo, renovado orden social democrático que debe prevalecer. Libertad, Igualdad y Fraternidad. Todos unidos en busca del Vellocino de Oro: la dignidad del hombre. Ese ideal conduce a Venezuela fuera de las tinieblas del despotismo satrápico (a la‘Mugabe’, ‘Bocassa’, ‘Mobutu’ e ‘Idi Amín’) hacia las alturas donde brilla el Sol del espíritu divino. La Moral y la Luz. ¡Venezolanos! La unión en un mismo ideal de la dignidad del hombre por encima de cualquier perversión egoísta es, como diría el difunto Renny Ottolina, una cuestión de integridad.
‘PERFORMANCE’ ES LA ACCIÒN TOTAL EN LA QUE EL HOMBRE SE CONOCE A SÌ MISMO
[1] El juego, cuyo origen es tan arcaico, tan primitivo que comparte la misma raíz etológica del instinto.
[2] Rudolf Steiner, L’esprit de Goethe, Alice Sauerwein, Paris, P.U.F., 1926, p. 71.
[3] Según Rudolf Steiner, la antigua Orden Militar de los Caballeros del Templo de Salomón fue destinada al servicio del Misterio Cristiano. Su fin era la espiritualización de la vida humana mediante la evolución de la cristiandad. Debido a su rol de ‘banqueros de Europa’ guardaban en sus fortalezas enormes cantidades de joyas y oro. Los Templarios fueron injuriados y aniquilados por la avaricia de Felipe ‘el Hermoso’. Pero algunos Templarios eran iniciados. Goethe es el continuador de la vida espiritual de los Templarios como lo muestra su poema inacabado ‘Los Misterios’. Las alusiones al simbolismo del ‘Oro’ en el cuento de la Serpiente Verde (el Rey de Oro de la sabiduría), confirman que Goethe conocía el secreto de los Templarios. Por eso es que la Serpiente Verde decide sacrificarse después de haberse comido el oro. Cf. Rudolf Steiner, Les arrière-plans spirituels de l’histoire contemporaine (Dornach 16-9 al 30-10 1916), Genève, Éditions Anthroposophiques Romandes, 1994.
[2] Rudolf Steiner, L’esprit de Goethe, Alice Sauerwein, Paris, P.U.F., 1926, p. 71.
[3] Según Rudolf Steiner, la antigua Orden Militar de los Caballeros del Templo de Salomón fue destinada al servicio del Misterio Cristiano. Su fin era la espiritualización de la vida humana mediante la evolución de la cristiandad. Debido a su rol de ‘banqueros de Europa’ guardaban en sus fortalezas enormes cantidades de joyas y oro. Los Templarios fueron injuriados y aniquilados por la avaricia de Felipe ‘el Hermoso’. Pero algunos Templarios eran iniciados. Goethe es el continuador de la vida espiritual de los Templarios como lo muestra su poema inacabado ‘Los Misterios’. Las alusiones al simbolismo del ‘Oro’ en el cuento de la Serpiente Verde (el Rey de Oro de la sabiduría), confirman que Goethe conocía el secreto de los Templarios. Por eso es que la Serpiente Verde decide sacrificarse después de haberse comido el oro. Cf. Rudolf Steiner, Les arrière-plans spirituels de l’histoire contemporaine (Dornach 16-9 al 30-10 1916), Genève, Éditions Anthroposophiques Romandes, 1994.
[4] Para percibir las Ideas es necesario abandonar las tinieblas que hacen pesada al alma y la confinan a las profundidades abisales de la materia. Las Ideas son el umbral de la eternidad. Pero para alcanzarlas es necesario ser un instrumento musical. Una Lira de Apolo. La música es la vibración que produce un alma purificada en la Moral y la Luz.
jueves, 14 de mayo de 2009
INICIACIÓN (III)
INICIACIÓN (III)
“En medio de esta solemnidad, de esta dicha, de este encanto, no se había notado que el sol brillaba ya plenamente y, de pronto, a través de la puerta abierta, varios objetos inesperados llamaron la atención de los que estaban allí. Una plaza grande y rodeada de columnas hacía de atrio, y en su extremo se veía un largo y magnífico puente que tendía sus muchos arcos sobre el río: tenía a ambos lados cómodas y suntuosas arcadas para los caminantes, que de a miles ya se encontraban allí, e iban y volvían atareados. El gran camino que había en el medio estaba animado por rebaños, mulas, jinetes y coches que por los dos lados, sin obstaculizarse mutuamente, iban y venían como torrentes. Todos parecían asombrados por la comodidad y suntuosidad; y el nuevo rey y su esposa estaban tan encantados por el movimiento y la vida de este gran pueblo, cuanto el mutuo amor los hacía felices.
‘¡Acuérdate con veneración de la serpiente!’ dijo el hombre de la lámpara; ‘tú le debes la vida, tus pueblos le deben el puente por medio del cual estas orillas vecinas se llenan de animación hasta convertirse en países y se unen. Esas piedras preciosas que flotan y brillan, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este magnífico puente, sobre ellos se ha edificado a sí mismo y se ha de mantener a sí mismo.’
Quisieron exigirle que aclarara este maravilloso misterio, cuando entraron por la puerta del templo cuatro bellas muchachas. Por el arpa, la sombrilla y la silla plegadiza se reconoció inmediatamente a las acompañantes de azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que, bromeando fraternalmente con ellas, recorrió de prisa el templo y subió por las gradas de plata.
‘¿En lo futuro me creerás más, querida mujer?’ dijo a la belleza el hombre de la lámpara. ‘¡Dichosa tú y toda criatura que esta mañana se bañe en el río!’
La vieja rejuvenecida y embellecida, de cuyas anteriores formas corporales no habían quedado ni huellas, abrazó al hombre de la lámpara con brazos amistosos y juveniles, que recibió amistosamente sus caricias. ‘Si soy para ti demasiado viejo,’ dijo sonriendo, ‘puedes elegirte hoy otro esposo; a partir de hoy no es válido ningún matrimonio que no sea celebrado de nuevo.’
‘¿Pero no sabes,’ replicó ella, ‘que también tú te has vuelto más joven?’ –‘Me alegro de aparecer ante tus jóvenes ojos como un animoso joven; tomo de nuevo tu mano y viviré gustoso contigo en el milenio venidero.’
La reina dio la bienvenida a su nueva amiga y bajó, junto con ella y las restantes acompañantes, por el altar, mientras el rey, parado entre los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba atentamente la muchedumbre del pueblo.
Pero su contento no duró mucho tiempo, pues vio un objeto que le provocó enojo por un instante. El gran gigante, que todavía no parecía haberse restablecido totalmente de su sueño matinal, avanzó a los tumbos por el puente y provocó allí un gran desorden. Se había levantado, como era habitual en él, borracho de sueño y pensaba bañarse en la conocida ensenada del río; pero en lugar de ella encontró tierra firme y anduvo a tientas sobre el amplio pavimento del puente. Si bien se metió de la más torpe manera por entre hombres y animales, su presencia causó por cierto el asombro de todos, mas no fue sentida por nadie, pero cuando el sol le dio en los ojos y él levantó la mano para protegerse, la sombra de su enorme puño se movió detrás de él tan violenta y torpemente por entre la muchedumbre, que grandes masas de hombres y animales se precipitaron, fueron dañadas y corrieron peligro de ser arrojadas al río.
El rey, cuando vio esta desdichada acción, hizo un movimiento involuntario para tomar la espada; pero reflexionó y observó con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y el remo de su acompañante. ‘Adivino tu pensamiento,’ dijo el hombre de la lámpara, ‘pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes frente a este impotente. ¡Tranquilízate!, es la última vez que produce un daño y, felizmente, su sombra se ha apartado de nosotros.’
Entretanto el gigante se había acercado cada vez más, de asombro por lo que con sus ojos abiertos veía había dejado caer sus brazos, ya no hacía daño, y entró boquiabierto en el atrio.
Se dirigía precisamente a la puerta del templo cuando, de pronto, en el medio del patio, fue sujetado al suelo. Estaba parado allí como una estatua enorme, colosal, de brillante piedra rojiza; y su sombra indicaba las horas, que estaban marcadas en un círculo sobre el piso a su alrededor, no en cifras sino en nobles y significativas imágenes.
No poco se alegró el rey de ver la sombra del monstruo en una útil dirección; no poco se sorprendió la reina que, cuando adornada de la máxima magnificencia bajó del altar junto con sus doncellas, divisó la rara estatua que casi cubría la vista que desde el templo se tenía en dirección al puente.
Entretanto el pueblo se había apiñado en torno al gigante, pues este estaba quieto, lo había rodeado y contemplado con asombro su metamorfosis. Desde allí se dirigió la muchedumbre hacia el templo, cuya existencia sólo entonces pareció haber percibido, y atropelladamente se encaminó hacia la puerta.
En este momento se cernía el azor con el espejo, muy arriba, sobre la catedral, captó la luz del sol y la proyectó sobre el grupo que estaba sobre el altar. El rey, la reina y sus acompañantes aparecieron, en medio de la penumbra de la bóveda del templo, iluminados por un resplandor celestial, y el pueblo cayó de bruces. Cuando la muchedumbre se recuperó y se puso en pie, el rey y los suyos habían descendido del altar a fin de dirigirse, a través de ocultos salones, a su palacio, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer su curiosidad. Contempló con asombro y respeto los tres reyes que estaban de pie; y sintió tanto más ansiedad por saber que podría ser lo que se ocultaba, con forma de terrón, bajo el tapiz, en el cuarto nicho. Pues, fuera quien fuere, una benévola modestia había extendido un magnífico manto sobre el rey postrado, manto que ningún ojo puede atravesar y que ninguna mano se atreve a levantar.
El pueblo habría contemplado y admirado interminablemente, y la curiosa muchedumbre hasta se habría aplastado a sí misma en el templo, si su atención no se hubiera desviado de nuevo hacia la gran plaza.
Inopinadamente, como del aire, cayeron sonoras monedas de oro sobre las losas de mármol, los caminantes que estaban más cerca se precipitaron hacia ellas para adueñarse de ellas; aisladamente se repitió el milagro, aquí y allá. Se entiende que los fuegos fatuos, que se retiraban, se divirtieron así una vez más, y derrocharon alegremente el oro que provenía de los miembros del rey postrado. Ansiosamente corrió el pueblo durante un tiempo más de un lado para el otro, se apretujó y se tironeó, aun cuando ya no caían monedas de oro. Por último se fue dispersando lentamente, siguió su camino, y hasta el día de hoy pulula el puente de caminantes, y el templo es el lugar más visitado de toda la tierra.
“En medio de esta solemnidad, de esta dicha, de este encanto, no se había notado que el sol brillaba ya plenamente y, de pronto, a través de la puerta abierta, varios objetos inesperados llamaron la atención de los que estaban allí. Una plaza grande y rodeada de columnas hacía de atrio, y en su extremo se veía un largo y magnífico puente que tendía sus muchos arcos sobre el río: tenía a ambos lados cómodas y suntuosas arcadas para los caminantes, que de a miles ya se encontraban allí, e iban y volvían atareados. El gran camino que había en el medio estaba animado por rebaños, mulas, jinetes y coches que por los dos lados, sin obstaculizarse mutuamente, iban y venían como torrentes. Todos parecían asombrados por la comodidad y suntuosidad; y el nuevo rey y su esposa estaban tan encantados por el movimiento y la vida de este gran pueblo, cuanto el mutuo amor los hacía felices.
‘¡Acuérdate con veneración de la serpiente!’ dijo el hombre de la lámpara; ‘tú le debes la vida, tus pueblos le deben el puente por medio del cual estas orillas vecinas se llenan de animación hasta convertirse en países y se unen. Esas piedras preciosas que flotan y brillan, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este magnífico puente, sobre ellos se ha edificado a sí mismo y se ha de mantener a sí mismo.’
Quisieron exigirle que aclarara este maravilloso misterio, cuando entraron por la puerta del templo cuatro bellas muchachas. Por el arpa, la sombrilla y la silla plegadiza se reconoció inmediatamente a las acompañantes de azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que, bromeando fraternalmente con ellas, recorrió de prisa el templo y subió por las gradas de plata.
‘¿En lo futuro me creerás más, querida mujer?’ dijo a la belleza el hombre de la lámpara. ‘¡Dichosa tú y toda criatura que esta mañana se bañe en el río!’
La vieja rejuvenecida y embellecida, de cuyas anteriores formas corporales no habían quedado ni huellas, abrazó al hombre de la lámpara con brazos amistosos y juveniles, que recibió amistosamente sus caricias. ‘Si soy para ti demasiado viejo,’ dijo sonriendo, ‘puedes elegirte hoy otro esposo; a partir de hoy no es válido ningún matrimonio que no sea celebrado de nuevo.’
‘¿Pero no sabes,’ replicó ella, ‘que también tú te has vuelto más joven?’ –‘Me alegro de aparecer ante tus jóvenes ojos como un animoso joven; tomo de nuevo tu mano y viviré gustoso contigo en el milenio venidero.’
La reina dio la bienvenida a su nueva amiga y bajó, junto con ella y las restantes acompañantes, por el altar, mientras el rey, parado entre los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba atentamente la muchedumbre del pueblo.
Pero su contento no duró mucho tiempo, pues vio un objeto que le provocó enojo por un instante. El gran gigante, que todavía no parecía haberse restablecido totalmente de su sueño matinal, avanzó a los tumbos por el puente y provocó allí un gran desorden. Se había levantado, como era habitual en él, borracho de sueño y pensaba bañarse en la conocida ensenada del río; pero en lugar de ella encontró tierra firme y anduvo a tientas sobre el amplio pavimento del puente. Si bien se metió de la más torpe manera por entre hombres y animales, su presencia causó por cierto el asombro de todos, mas no fue sentida por nadie, pero cuando el sol le dio en los ojos y él levantó la mano para protegerse, la sombra de su enorme puño se movió detrás de él tan violenta y torpemente por entre la muchedumbre, que grandes masas de hombres y animales se precipitaron, fueron dañadas y corrieron peligro de ser arrojadas al río.
El rey, cuando vio esta desdichada acción, hizo un movimiento involuntario para tomar la espada; pero reflexionó y observó con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y el remo de su acompañante. ‘Adivino tu pensamiento,’ dijo el hombre de la lámpara, ‘pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes frente a este impotente. ¡Tranquilízate!, es la última vez que produce un daño y, felizmente, su sombra se ha apartado de nosotros.’
Entretanto el gigante se había acercado cada vez más, de asombro por lo que con sus ojos abiertos veía había dejado caer sus brazos, ya no hacía daño, y entró boquiabierto en el atrio.
Se dirigía precisamente a la puerta del templo cuando, de pronto, en el medio del patio, fue sujetado al suelo. Estaba parado allí como una estatua enorme, colosal, de brillante piedra rojiza; y su sombra indicaba las horas, que estaban marcadas en un círculo sobre el piso a su alrededor, no en cifras sino en nobles y significativas imágenes.
No poco se alegró el rey de ver la sombra del monstruo en una útil dirección; no poco se sorprendió la reina que, cuando adornada de la máxima magnificencia bajó del altar junto con sus doncellas, divisó la rara estatua que casi cubría la vista que desde el templo se tenía en dirección al puente.
Entretanto el pueblo se había apiñado en torno al gigante, pues este estaba quieto, lo había rodeado y contemplado con asombro su metamorfosis. Desde allí se dirigió la muchedumbre hacia el templo, cuya existencia sólo entonces pareció haber percibido, y atropelladamente se encaminó hacia la puerta.
En este momento se cernía el azor con el espejo, muy arriba, sobre la catedral, captó la luz del sol y la proyectó sobre el grupo que estaba sobre el altar. El rey, la reina y sus acompañantes aparecieron, en medio de la penumbra de la bóveda del templo, iluminados por un resplandor celestial, y el pueblo cayó de bruces. Cuando la muchedumbre se recuperó y se puso en pie, el rey y los suyos habían descendido del altar a fin de dirigirse, a través de ocultos salones, a su palacio, y el pueblo se dispersó por el templo para satisfacer su curiosidad. Contempló con asombro y respeto los tres reyes que estaban de pie; y sintió tanto más ansiedad por saber que podría ser lo que se ocultaba, con forma de terrón, bajo el tapiz, en el cuarto nicho. Pues, fuera quien fuere, una benévola modestia había extendido un magnífico manto sobre el rey postrado, manto que ningún ojo puede atravesar y que ninguna mano se atreve a levantar.
El pueblo habría contemplado y admirado interminablemente, y la curiosa muchedumbre hasta se habría aplastado a sí misma en el templo, si su atención no se hubiera desviado de nuevo hacia la gran plaza.
Inopinadamente, como del aire, cayeron sonoras monedas de oro sobre las losas de mármol, los caminantes que estaban más cerca se precipitaron hacia ellas para adueñarse de ellas; aisladamente se repitió el milagro, aquí y allá. Se entiende que los fuegos fatuos, que se retiraban, se divirtieron así una vez más, y derrocharon alegremente el oro que provenía de los miembros del rey postrado. Ansiosamente corrió el pueblo durante un tiempo más de un lado para el otro, se apretujó y se tironeó, aun cuando ya no caían monedas de oro. Por último se fue dispersando lentamente, siguió su camino, y hasta el día de hoy pulula el puente de caminantes, y el templo es el lugar más visitado de toda la tierra.
miércoles, 13 de mayo de 2009
INICIACIÓN (II)
INICIACIÓN (II)
La máxima desgracia es precursora de la máxima felicidad… cuando llega la hora.
Para salvar al caballero de la muerte la serpiente verde decide sacrificarse. Traducción:
“La serpiente se movió en cambio tanto más activamente; parecía buscar una salvación, y sus extraños movimientos sirvieron realmente por lo menos para impedir por un tiempo las inminentes y horribles consecuencias de la desgracia. Trazó con su flexible cuerpo un amplio círculo en torno al cadáver, tomó con sus dientes la punta de su cola y se quedó quieta. (…) ‘¿Quien nos trae al hombre con la lámpara antes de que se ponga el sol?’ susurró quedamente la serpiente, pero de tal manera que se oía, las doncellas se miraron y las lágrimas de azucena aumentaron. En este momento regresó sin aliento la mujer del canasto. ‘¡Estoy perdida y mutilada!’ exclamó; ‘¡mirad cómo mi mano casi ya ha desaparecido por completo! Ni el barquero ni el gigante me quisieron trasladar, porque soy todavía deudora del agua, en vano he ofrecido cien repollos y cien cebollas, sólo se quiere un ejemplar de cada una de las tres plantas, y en estas comarcas no se puede encontrar ni una alcachofa.
‘¡Olvidad vuestra necesidad’, dijo la serpiente, y tratad de ayudar aquí, quizá al mismo tiempo se os pueda ayudar a vos! Apuraos todo lo que podáis para buscar a los fuegos fatuos; todavía está muy claro para verlos, pero quizá los oís reír y revolotear. Si ellos se apuran el gigante los ha de hacer cruzar el río, y podrán encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo.’
La mujer se apresuró todo lo que pudo; y la serpiente pareció esperar con la misma impaciencia que la azucena el regreso de ambos. Por desgracia los rayos del sol poniente doraban ya solamente las más altas copas de los árboles del bosque, y largas sombras se extendían sobre el lago y la pradera; la serpiente se movía con impaciencia y azucena se deshacía en llantos.
En medio de esta angustiosa situación miraba la serpiente hacia todos lados pues temía a cada momento que el sol se pusiera y la descomposición del cuerpo atravesara el círculo mágico y atacara inconteniblemente al bello joven. Finalmente divisó, muy arriba en los aires, al azor, cuyo pecho recibía los últimos rayos del sol. Se sacudió de alegría ante esta buena señal, y no se engañaba: pues poco después se vio al hombre de la lámpara deslizarse por sobre el lago como si fuera sobre patines.
La serpiente no cambió de posición, pero la azucena se irguió y le gritó: ‘¿Qué buen espíritu es el que te envía justo en el momento en que tanto te anhelamos y tanto necesitamos de ti?’
‘El espíritu de mi lámpara’, replicó el viejo, ‘es el que me impulsa, y el azor me guía aquí. Ella empieza a crepitar y a echar chispas cuando se me necesita, y miro entonces el cielo a mi alrededor en busca de alguna señal; algún pájaro o meteoro me señala la parte del cielo adonde debo dirigirme. ¡Tranquilízate, bella muchacha! No sé si puedo ayudar; un individuo no ayuda, sino quien se une con muchos a la hora adecuada. Posterguemos y esperemos. Mantén cerrado tu círculo,’ prosiguió mientras se dirigía a la serpiente, se sentaba junto a ella sobre un montículo de tierra e iluminaba el cuerpo muerto. ‘¡Trae también al gracioso canario, y ponlo dentro del círculo!’ Las doncellas tomaron del canasto el pequeño cadáver, pues la anciana había dejado allí el canasto, y obedecieron al hombre.
Entretanto el sol se había puesto y, como creciera la oscuridad, empezaron, empezaron a irradiar luz no sólo la serpiente y la lámpara del hombre a su manera, sino que también el velo de azucena emitió una dulce luz que, como delicado rosicler, coloreó con infinita gracia sus pálidas mejillas y su blanca vestidura. Se miraron mutuamente y se contemplaron con tranquilidad; una segura esperanza hizo que disminuyeran la preocupación y la tristeza.
De ahí que no fuera desagradable que apareciera la vieja mujer acompañada por las dos animosas llamas, que tenían que haber derrochado mucho pues se habían vuelto de nuevo extremadamente estrechas; pero que se comportaron tanto más finamente con la princesa y las otras mujeres. Con la mayor seguridad y muy expresivamente dijeron cosas bastante habituales; se mostraron bastante sensibles para el encanto que el velo luminoso difundía sobre la azucena y sus acompañantes. Modestamente bajaron la vista las mujeres y la alabanza de su belleza las embelleció realmente. Todos estaban contentos y tranquilos menos la anciana. A pesar de que el marido le había asegurado que su mano no podría seguir disminuyendo mientras estuviera iluminada por una lámpara, afirmó más de una vez que, si todo seguía así, este noble miembro de su cuerpo desaparecería por completo antes de medianoche.
El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que azucena hubiera sido distraída y alegrada por dicho coloquio. Y realmente se había hecho de noche sin que nadie supiera cómo. El viejo observó las estrellas y comenzó a hablar: ‘Nos hemos reunido en una hora dichosa, cada uno cumpla con su oficio, cada cual cumpla con su deber, y una dicha común disipará los dolores individuales, así como una desgracia común consume las alegrías individuales.’
Luego de estas palabras se produjo un extraño ruido, pues todos los personajes que estaban presentes empezaron a hablar y manifestaron en voz alta lo que tendrían que hacer, sólo las tres doncellas se quedaron calladas; una se había dormido junto al arpa, la otra junto a la sombrilla, la tercera junto al sillón, y no se les podía reprochar esto, pues era tarde. Los ardientes jóvenes, luego de haber dirigido algunas pasajeras cortesías a las servidoras, se consagraron finalmente sólo a la azucena, como que era la más hermosa.
‘Toma el espejo’, dijo el viejo al azor, ‘e ilumina con el premier rayo de sol a las durmientes, ¡y despiértalas con la luz reflejada desde las alturas!’
La serpiente comenzó entonces a moverse, rompió el círculo y se desplazó lentamente, formando grandes círculos, en dirección al río. Solemnemente la siguieron los dos fuegos fatuos, y uno los habría considerado como las más serias llamas. La anciana y su marido tomaron el canasto, cuya dulce luz apenas se había notado hasta ese momento; lo tomaron de los dos lados y se fue haciendo cada vez más grande y luminoso; levantaron en él el cadáver del joven y le pusieron sobre el pecho el canario; el canasto se elevó a las alturas y flotó sobre la cabeza de la anciana y ella siguió a pie a los fuegos fatuos. La bella azucena tomó en sus brazos a Mops y siguió a la anciana, el hombre de la lámpara cerró el cortejo; y la comarca se iluminó de la más extraña manera por todas estas luces.
Pero el grupo, con no pequeño asombro, vio al llegar al río que sobre este se extendía un magnifico arco por medio del cual la benéfica serpiente les preparaba un brillante camino. Si durante el día se había admirado las transparentes piedras preciosas de que parecía compuesto el puente, se contemplaba de noche con asombro su brillante magnificencia. Hacia arriba el círculo luminoso se recortaba claramente sobre el cielo oscuro; pero hacia abajo brotaban vívidos rayos en dirección al centro y mostraban la móvil firmeza de la construcción. El cortejo cruzó lentamente, y el barquero, que desde lejos, desde su choza, miraba, contemplaba con asombro el círculo luminoso y las extrañas luces que se desplazaban por encima de él.
No bien llegaron a la otra orilla, cuando el arco del puente empezó a balancearse a su manera y a acercarse como formando ondas al agua. La serpiente se desplazó de inmediato a tierra, el canasto bajó al suelo; y la serpiente volvió a trazar su círculo; el anciano se inclinó hacia ella y dijo: ‘¿Qué has decidido?’
‘Sacrificarme antes de ser sacrificada.’ Replicó la serpiente; ‘prométeme que no has de dejar ninguna piedra sobre la tierra’.
El viejo lo prometió, y dijo inmediatamente a la bella azucena: ¡Toca la serpiente con la mano izquierda, y a tu amado con la derecha!’ Azucena se arrodilló y tocó la serpiente y el cadáver. En ese instante éste pareció volver a la vida; se movió dentro del canasto, se levantó, se sentó. Azucena quiso abrazarlo, pero el anciano la detuvo, ayudó en cambio al joven a pararse y lo guió para que saliera del canasto y del círculo.
El joven estaba de pie; el canario aleteaba sobre su hombro, había de nuevo vida en ambos, pero el espíritu todavía no había vuelto: el bello amigo tenía los ojos abiertos y no veía, al menos parecía ver todo sin manifestar ningún interés; y en cuanto disminuyó algo el asombro que causaba este suceso, se empezó sólo entonces a notar cuan extrañamente se había transformado la serpiente. Su bello, esbelto cuerpo, se había desintegrado en miles y miles de luminosas piedras preciosas. Por un descuido la anciana, que quería alzar su canasto, había chocado contra el cuerpo de ella, y ya no se veía nada de la forma de la serpiente, sólo quedaba sobre el césped un bello círculo de luminosas piedras preciosas.”[5]
El sacrificio de la serpiente verde da lugar a una serie de eventos que culminan con la aparición de un templo y de un puente que une las dos orillas del gran río. Traducción:
“Como estrellas luminosas y brillantes se fueron las piedras flotando sobre la corriente, y no se pudo distinguir si se perdieron en la lejanía o se hundieron.
‘Señores míos,’ dijo el viejo respetuosamente dirigiéndose a los fuegos fatuos, ‘ahora les muestro el camino y les indico el paso, pero ustedes nos harán el mayor servicio si nos abren la puerta del santuario por la que tenemos que entrar, y que nadie fuera de ustedes puede abrir.’
Los fuegos fatuos se inclinaron respetuosamente y se quedaron atrás. El viejo de la lámpara se adelantó hacia la roca que se abría ante él. El joven lo siguió como mecánicamente, tranquila e indecisa se mantenía azucena a cierta distancia detrás de él; la anciana no quiso quedarse atrás y extendió la mano para que la pudiera iluminar la luz de la lámpara de su marido. Los fuegos fatuos cerraron el cortejo, mientras las puntas de sus llamas se acercaban y parecían hablar entre sí.
No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se encontró ante una gran puerta de bronce cuyas hojas estaban cerradas con un cerrojo de oro. El anciano llamó inmediatamente a los fuegos fatuos, que no se hicieron de rogar mucho tiempo sino que, solícitamente, gastaron con sus más agudas llamas la cerradura y el pasador.
Un fuerte ruido produjo el bronce cuando las puertas se abrieron prontamente y aparecieron en el sagrario las dignas estatuas de los reyes iluminadas por las luces que penetraban. Todos se inclinaron ante los venerables señores, los fuegos fatuos, en especial, no omitieron curvas reverencias.
Luego de una pausa el rey de oro preguntó: ‘¿De donde venís?’. ‘Del mundo,’ contestó el viejo. ‘¿Adónde vais?’ preguntó el rey de plata. ‘Al mundo,’ dijo el viejo. ¿Para qué nos queréis a nosotros?’ preguntó el rey de bronce. ‘Para acompañaros,’ dijo el viejo.
El rey hecho de mezcla quiso empezar a hablar en este momento, cuando el de oro dijo a los fuegos fatuos, que se habían acercado demasiado a él: ‘¡Apartaos de mí, mi oro no es para vuestro gaznate!’. Se volvieron entonces hacia el de plata y se estrecharon contra él, sus vestiduras brillaban bellamente bajo el reflejo amarillento. ‘Bienvenidos,’ dijo él, ‘pero no os puedo alimentar, ¡nutríos fuera y traedme vuestra luz!’ Se alejaron y se deslizaron delante del de bronce, que pareció no notarlos, hacia el que estaba formado por una mezcla. ‘¿Quién ha de dominar el mundo?’ exclamó éste con voz temblorosa. ‘El que se pare sobre sus pies,’ contestó el viejo. ‘¡Ese soy yo! Dijo el rey mezclado. ‘Se producirá la revelación,’ dijo el viejo; ‘pues ya es tiempo.’
La bella azucena se arrojó al cuello del anciano y lo besó muy afectuosamente. ‘Santo padre,’ dijo, ‘mil veces te agradezco, pues por tercera vez escucho las misteriosas palabras.’ No bien hubo terminado de hablar cuando se asió todavía con más fuerza del anciano, pues el suelo empezó a temblar bajo sus pies; también la anciana y el joven se sostenían mutuamente, sólo los movedizos fuegos fatuos no notaron nada.
Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un barco que suavemente se aleja del puerto cuando se han levado las anclas; las profundidades de la tierra parecían abrirse ante él mientras avanzaba. No chocaba contra nada, ninguna roca se le atravesaba en el camino.
Por unos pocos instantes una fina lluvia pareció penetrar por la abertura de la cúpula, el viejo sostuvo con más fuerza a la azucena y le dijo: ‘Estamos bajo el río, y pronto llegaremos a la meta.’ No pasó mucho tiempo hasta que creyeron detenerse, pero se engañaban: el templo ascendía.
En ese momento se produjo un raro estruendo por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en enorme confusión, comenzaron a penetrar ruidosamente por la abertura de la cúpula.
(…) Por una escalera que surgía desde adentro, apareció entonces en lo alto el noble joven; el hombre de la lámpara lo iluminaba, y otro parecía sostenerlo, otro que se asomaba con una corta vestidura blanca y que tenía en la mano un remo de plata; pronto se reconoció en él al barquero, que antes era el habitante de la choza transformada.
La bella azucena subió por las gradas exteriores que llevaban del templo al altar; pero todavía tenía que mantenerse a la distancia de su amado. La anciana, cuya mano, mientras la lámpara había estado oculta, se había achicado más y más, exclamó: ‘¿He de seguir siendo desdichada? ¿En medio de tantos milagros, no hay un milagro que pueda salvar mi mano?’. El marido le señaló la puerta abierta y dijo: ‘¡Mira, amanece, apresúrate y báñate en el río!’ -‘¡Qué consejo!’ exclamó ella, ‘me he de poner totalmente negra y he de desaparecer por completo; pues todavía no he pagado mi deuda!’ –‘¡Anda’, dijo el viejo, ‘y sígueme! Todas las deudas están ya saldadas.’
La anciana se alejó de prisa y en ese momento apareció la luz del sol que amanecía sobre la cresta de la cúpula; el viejo se puso entre el joven y la virgen y gritó con fuerza: ‘Tres son los que dominan en la tierra: la sabiduría, el esplendor y el poder.’ Al decir la primera palabra se paró el rey de oro, con la segunda el de plata, y con la tercera se había levantado lentamente el de bronce, cuando el rey hecho de mezcla de pronto se sentó torpemente.
Quien lo veía, a pesar de la solemnidad del momento, apenas podía contener la risa, pues no estaba sentado, no yacía, no se apoyaba, sino que se había desplomado sin forma alguna.
Los fuegos fatuos, que hasta ese momento se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Aunque se los veía pálidos a la luz matinal, parecían estar de nuevo bien alimentados y tener una buena llama; hábilmente habían sorbido las vetas de oro de la estatua colosal con sus agudas lenguas, hasta lo más íntimo de ella. (…)
El hombre de la lámpara hizo entonces que el joven bello, pero que todavía miraba fijamente delante de sí, bajara del altar y se dirigiera directamente hacia el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe había una espada en una vaina de bronce. El joven se la colgó. ‘La espada a la izquierda, ¡la derecha libre! Exclamó el poderoso rey. Se dirigieron después hacia el de plata, que inclinó su cetro en dirección al joven. Este lo tomó con la mano izquierda, y el rey dijo con complaciente voz: ‘¡Apacienta las ovejas!’. Cuando fueron hacia el rey de oro, él, con ademán de bendición paterna, impuso al joven sobre la cabeza la corona de roble, y habló: ‘¡Reconoce el bien supremo!’.
Mientras ocurría esto el viejo había observado detenidamente al joven. Luego de que se colgó la espada, se le levantó el pecho, se le movieron los brazos y sus pies pisaron con más firmeza; mientras tomaba con la mano el cetro pareció atenuarse la fuerza y aumentar más por medio de un inefable encanto; pero cuando la corona de roble adornó sus rizos, se le animó la expresión del rostro, le brillaron los ojos con un inefable espíritu, y la primera palabra de su boca fue ‘azucena’.
‘¡Querida azucena!’ exclamó cuando vio que ella venía subiendo por la escalera de plata, pues desde el borde superior del altar ella había estado atenta a su viaje, ‘¡querida azucena!, ¿el hombre, dotado de todo, qué otra cosa más preciosa puede desear que la inocencia y el sereno afecto que me trae tu pecho? -¿Oh!, amigo mío,’ prosiguió él mientras se dirigía al anciano y contemplaba las tres estatuas sagradas, ‘magnífico y seguro es el reino de nuestros padres; pero has olvidado la cuarta fuerza, que es anterior, más general y domina el mundo más seguramente: la fuerza del amor’. Al decir estas palabras se arrojó al cuello de la bella muchacha; ella se había quitado el velo, y sus mejillas se colorearon con el más bello, con imperecedero rubor.
El anciano dijo entonces sonriendo: ‘El amor no domina, pero forma, y esto es más.’”[6]
[5] Ibid., p. 98-100.
[6] Ibid., p. 100-104.
La máxima desgracia es precursora de la máxima felicidad… cuando llega la hora.
Para salvar al caballero de la muerte la serpiente verde decide sacrificarse. Traducción:
“La serpiente se movió en cambio tanto más activamente; parecía buscar una salvación, y sus extraños movimientos sirvieron realmente por lo menos para impedir por un tiempo las inminentes y horribles consecuencias de la desgracia. Trazó con su flexible cuerpo un amplio círculo en torno al cadáver, tomó con sus dientes la punta de su cola y se quedó quieta. (…) ‘¿Quien nos trae al hombre con la lámpara antes de que se ponga el sol?’ susurró quedamente la serpiente, pero de tal manera que se oía, las doncellas se miraron y las lágrimas de azucena aumentaron. En este momento regresó sin aliento la mujer del canasto. ‘¡Estoy perdida y mutilada!’ exclamó; ‘¡mirad cómo mi mano casi ya ha desaparecido por completo! Ni el barquero ni el gigante me quisieron trasladar, porque soy todavía deudora del agua, en vano he ofrecido cien repollos y cien cebollas, sólo se quiere un ejemplar de cada una de las tres plantas, y en estas comarcas no se puede encontrar ni una alcachofa.
‘¡Olvidad vuestra necesidad’, dijo la serpiente, y tratad de ayudar aquí, quizá al mismo tiempo se os pueda ayudar a vos! Apuraos todo lo que podáis para buscar a los fuegos fatuos; todavía está muy claro para verlos, pero quizá los oís reír y revolotear. Si ellos se apuran el gigante los ha de hacer cruzar el río, y podrán encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo.’
La mujer se apresuró todo lo que pudo; y la serpiente pareció esperar con la misma impaciencia que la azucena el regreso de ambos. Por desgracia los rayos del sol poniente doraban ya solamente las más altas copas de los árboles del bosque, y largas sombras se extendían sobre el lago y la pradera; la serpiente se movía con impaciencia y azucena se deshacía en llantos.
En medio de esta angustiosa situación miraba la serpiente hacia todos lados pues temía a cada momento que el sol se pusiera y la descomposición del cuerpo atravesara el círculo mágico y atacara inconteniblemente al bello joven. Finalmente divisó, muy arriba en los aires, al azor, cuyo pecho recibía los últimos rayos del sol. Se sacudió de alegría ante esta buena señal, y no se engañaba: pues poco después se vio al hombre de la lámpara deslizarse por sobre el lago como si fuera sobre patines.
La serpiente no cambió de posición, pero la azucena se irguió y le gritó: ‘¿Qué buen espíritu es el que te envía justo en el momento en que tanto te anhelamos y tanto necesitamos de ti?’
‘El espíritu de mi lámpara’, replicó el viejo, ‘es el que me impulsa, y el azor me guía aquí. Ella empieza a crepitar y a echar chispas cuando se me necesita, y miro entonces el cielo a mi alrededor en busca de alguna señal; algún pájaro o meteoro me señala la parte del cielo adonde debo dirigirme. ¡Tranquilízate, bella muchacha! No sé si puedo ayudar; un individuo no ayuda, sino quien se une con muchos a la hora adecuada. Posterguemos y esperemos. Mantén cerrado tu círculo,’ prosiguió mientras se dirigía a la serpiente, se sentaba junto a ella sobre un montículo de tierra e iluminaba el cuerpo muerto. ‘¡Trae también al gracioso canario, y ponlo dentro del círculo!’ Las doncellas tomaron del canasto el pequeño cadáver, pues la anciana había dejado allí el canasto, y obedecieron al hombre.
Entretanto el sol se había puesto y, como creciera la oscuridad, empezaron, empezaron a irradiar luz no sólo la serpiente y la lámpara del hombre a su manera, sino que también el velo de azucena emitió una dulce luz que, como delicado rosicler, coloreó con infinita gracia sus pálidas mejillas y su blanca vestidura. Se miraron mutuamente y se contemplaron con tranquilidad; una segura esperanza hizo que disminuyeran la preocupación y la tristeza.
De ahí que no fuera desagradable que apareciera la vieja mujer acompañada por las dos animosas llamas, que tenían que haber derrochado mucho pues se habían vuelto de nuevo extremadamente estrechas; pero que se comportaron tanto más finamente con la princesa y las otras mujeres. Con la mayor seguridad y muy expresivamente dijeron cosas bastante habituales; se mostraron bastante sensibles para el encanto que el velo luminoso difundía sobre la azucena y sus acompañantes. Modestamente bajaron la vista las mujeres y la alabanza de su belleza las embelleció realmente. Todos estaban contentos y tranquilos menos la anciana. A pesar de que el marido le había asegurado que su mano no podría seguir disminuyendo mientras estuviera iluminada por una lámpara, afirmó más de una vez que, si todo seguía así, este noble miembro de su cuerpo desaparecería por completo antes de medianoche.
El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que azucena hubiera sido distraída y alegrada por dicho coloquio. Y realmente se había hecho de noche sin que nadie supiera cómo. El viejo observó las estrellas y comenzó a hablar: ‘Nos hemos reunido en una hora dichosa, cada uno cumpla con su oficio, cada cual cumpla con su deber, y una dicha común disipará los dolores individuales, así como una desgracia común consume las alegrías individuales.’
Luego de estas palabras se produjo un extraño ruido, pues todos los personajes que estaban presentes empezaron a hablar y manifestaron en voz alta lo que tendrían que hacer, sólo las tres doncellas se quedaron calladas; una se había dormido junto al arpa, la otra junto a la sombrilla, la tercera junto al sillón, y no se les podía reprochar esto, pues era tarde. Los ardientes jóvenes, luego de haber dirigido algunas pasajeras cortesías a las servidoras, se consagraron finalmente sólo a la azucena, como que era la más hermosa.
‘Toma el espejo’, dijo el viejo al azor, ‘e ilumina con el premier rayo de sol a las durmientes, ¡y despiértalas con la luz reflejada desde las alturas!’
La serpiente comenzó entonces a moverse, rompió el círculo y se desplazó lentamente, formando grandes círculos, en dirección al río. Solemnemente la siguieron los dos fuegos fatuos, y uno los habría considerado como las más serias llamas. La anciana y su marido tomaron el canasto, cuya dulce luz apenas se había notado hasta ese momento; lo tomaron de los dos lados y se fue haciendo cada vez más grande y luminoso; levantaron en él el cadáver del joven y le pusieron sobre el pecho el canario; el canasto se elevó a las alturas y flotó sobre la cabeza de la anciana y ella siguió a pie a los fuegos fatuos. La bella azucena tomó en sus brazos a Mops y siguió a la anciana, el hombre de la lámpara cerró el cortejo; y la comarca se iluminó de la más extraña manera por todas estas luces.
Pero el grupo, con no pequeño asombro, vio al llegar al río que sobre este se extendía un magnifico arco por medio del cual la benéfica serpiente les preparaba un brillante camino. Si durante el día se había admirado las transparentes piedras preciosas de que parecía compuesto el puente, se contemplaba de noche con asombro su brillante magnificencia. Hacia arriba el círculo luminoso se recortaba claramente sobre el cielo oscuro; pero hacia abajo brotaban vívidos rayos en dirección al centro y mostraban la móvil firmeza de la construcción. El cortejo cruzó lentamente, y el barquero, que desde lejos, desde su choza, miraba, contemplaba con asombro el círculo luminoso y las extrañas luces que se desplazaban por encima de él.
No bien llegaron a la otra orilla, cuando el arco del puente empezó a balancearse a su manera y a acercarse como formando ondas al agua. La serpiente se desplazó de inmediato a tierra, el canasto bajó al suelo; y la serpiente volvió a trazar su círculo; el anciano se inclinó hacia ella y dijo: ‘¿Qué has decidido?’
‘Sacrificarme antes de ser sacrificada.’ Replicó la serpiente; ‘prométeme que no has de dejar ninguna piedra sobre la tierra’.
El viejo lo prometió, y dijo inmediatamente a la bella azucena: ¡Toca la serpiente con la mano izquierda, y a tu amado con la derecha!’ Azucena se arrodilló y tocó la serpiente y el cadáver. En ese instante éste pareció volver a la vida; se movió dentro del canasto, se levantó, se sentó. Azucena quiso abrazarlo, pero el anciano la detuvo, ayudó en cambio al joven a pararse y lo guió para que saliera del canasto y del círculo.
El joven estaba de pie; el canario aleteaba sobre su hombro, había de nuevo vida en ambos, pero el espíritu todavía no había vuelto: el bello amigo tenía los ojos abiertos y no veía, al menos parecía ver todo sin manifestar ningún interés; y en cuanto disminuyó algo el asombro que causaba este suceso, se empezó sólo entonces a notar cuan extrañamente se había transformado la serpiente. Su bello, esbelto cuerpo, se había desintegrado en miles y miles de luminosas piedras preciosas. Por un descuido la anciana, que quería alzar su canasto, había chocado contra el cuerpo de ella, y ya no se veía nada de la forma de la serpiente, sólo quedaba sobre el césped un bello círculo de luminosas piedras preciosas.”[5]
El sacrificio de la serpiente verde da lugar a una serie de eventos que culminan con la aparición de un templo y de un puente que une las dos orillas del gran río. Traducción:
“Como estrellas luminosas y brillantes se fueron las piedras flotando sobre la corriente, y no se pudo distinguir si se perdieron en la lejanía o se hundieron.
‘Señores míos,’ dijo el viejo respetuosamente dirigiéndose a los fuegos fatuos, ‘ahora les muestro el camino y les indico el paso, pero ustedes nos harán el mayor servicio si nos abren la puerta del santuario por la que tenemos que entrar, y que nadie fuera de ustedes puede abrir.’
Los fuegos fatuos se inclinaron respetuosamente y se quedaron atrás. El viejo de la lámpara se adelantó hacia la roca que se abría ante él. El joven lo siguió como mecánicamente, tranquila e indecisa se mantenía azucena a cierta distancia detrás de él; la anciana no quiso quedarse atrás y extendió la mano para que la pudiera iluminar la luz de la lámpara de su marido. Los fuegos fatuos cerraron el cortejo, mientras las puntas de sus llamas se acercaban y parecían hablar entre sí.
No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se encontró ante una gran puerta de bronce cuyas hojas estaban cerradas con un cerrojo de oro. El anciano llamó inmediatamente a los fuegos fatuos, que no se hicieron de rogar mucho tiempo sino que, solícitamente, gastaron con sus más agudas llamas la cerradura y el pasador.
Un fuerte ruido produjo el bronce cuando las puertas se abrieron prontamente y aparecieron en el sagrario las dignas estatuas de los reyes iluminadas por las luces que penetraban. Todos se inclinaron ante los venerables señores, los fuegos fatuos, en especial, no omitieron curvas reverencias.
Luego de una pausa el rey de oro preguntó: ‘¿De donde venís?’. ‘Del mundo,’ contestó el viejo. ‘¿Adónde vais?’ preguntó el rey de plata. ‘Al mundo,’ dijo el viejo. ¿Para qué nos queréis a nosotros?’ preguntó el rey de bronce. ‘Para acompañaros,’ dijo el viejo.
El rey hecho de mezcla quiso empezar a hablar en este momento, cuando el de oro dijo a los fuegos fatuos, que se habían acercado demasiado a él: ‘¡Apartaos de mí, mi oro no es para vuestro gaznate!’. Se volvieron entonces hacia el de plata y se estrecharon contra él, sus vestiduras brillaban bellamente bajo el reflejo amarillento. ‘Bienvenidos,’ dijo él, ‘pero no os puedo alimentar, ¡nutríos fuera y traedme vuestra luz!’ Se alejaron y se deslizaron delante del de bronce, que pareció no notarlos, hacia el que estaba formado por una mezcla. ‘¿Quién ha de dominar el mundo?’ exclamó éste con voz temblorosa. ‘El que se pare sobre sus pies,’ contestó el viejo. ‘¡Ese soy yo! Dijo el rey mezclado. ‘Se producirá la revelación,’ dijo el viejo; ‘pues ya es tiempo.’
La bella azucena se arrojó al cuello del anciano y lo besó muy afectuosamente. ‘Santo padre,’ dijo, ‘mil veces te agradezco, pues por tercera vez escucho las misteriosas palabras.’ No bien hubo terminado de hablar cuando se asió todavía con más fuerza del anciano, pues el suelo empezó a temblar bajo sus pies; también la anciana y el joven se sostenían mutuamente, sólo los movedizos fuegos fatuos no notaron nada.
Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un barco que suavemente se aleja del puerto cuando se han levado las anclas; las profundidades de la tierra parecían abrirse ante él mientras avanzaba. No chocaba contra nada, ninguna roca se le atravesaba en el camino.
Por unos pocos instantes una fina lluvia pareció penetrar por la abertura de la cúpula, el viejo sostuvo con más fuerza a la azucena y le dijo: ‘Estamos bajo el río, y pronto llegaremos a la meta.’ No pasó mucho tiempo hasta que creyeron detenerse, pero se engañaban: el templo ascendía.
En ese momento se produjo un raro estruendo por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en enorme confusión, comenzaron a penetrar ruidosamente por la abertura de la cúpula.
(…) Por una escalera que surgía desde adentro, apareció entonces en lo alto el noble joven; el hombre de la lámpara lo iluminaba, y otro parecía sostenerlo, otro que se asomaba con una corta vestidura blanca y que tenía en la mano un remo de plata; pronto se reconoció en él al barquero, que antes era el habitante de la choza transformada.
La bella azucena subió por las gradas exteriores que llevaban del templo al altar; pero todavía tenía que mantenerse a la distancia de su amado. La anciana, cuya mano, mientras la lámpara había estado oculta, se había achicado más y más, exclamó: ‘¿He de seguir siendo desdichada? ¿En medio de tantos milagros, no hay un milagro que pueda salvar mi mano?’. El marido le señaló la puerta abierta y dijo: ‘¡Mira, amanece, apresúrate y báñate en el río!’ -‘¡Qué consejo!’ exclamó ella, ‘me he de poner totalmente negra y he de desaparecer por completo; pues todavía no he pagado mi deuda!’ –‘¡Anda’, dijo el viejo, ‘y sígueme! Todas las deudas están ya saldadas.’
La anciana se alejó de prisa y en ese momento apareció la luz del sol que amanecía sobre la cresta de la cúpula; el viejo se puso entre el joven y la virgen y gritó con fuerza: ‘Tres son los que dominan en la tierra: la sabiduría, el esplendor y el poder.’ Al decir la primera palabra se paró el rey de oro, con la segunda el de plata, y con la tercera se había levantado lentamente el de bronce, cuando el rey hecho de mezcla de pronto se sentó torpemente.
Quien lo veía, a pesar de la solemnidad del momento, apenas podía contener la risa, pues no estaba sentado, no yacía, no se apoyaba, sino que se había desplomado sin forma alguna.
Los fuegos fatuos, que hasta ese momento se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Aunque se los veía pálidos a la luz matinal, parecían estar de nuevo bien alimentados y tener una buena llama; hábilmente habían sorbido las vetas de oro de la estatua colosal con sus agudas lenguas, hasta lo más íntimo de ella. (…)
El hombre de la lámpara hizo entonces que el joven bello, pero que todavía miraba fijamente delante de sí, bajara del altar y se dirigiera directamente hacia el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe había una espada en una vaina de bronce. El joven se la colgó. ‘La espada a la izquierda, ¡la derecha libre! Exclamó el poderoso rey. Se dirigieron después hacia el de plata, que inclinó su cetro en dirección al joven. Este lo tomó con la mano izquierda, y el rey dijo con complaciente voz: ‘¡Apacienta las ovejas!’. Cuando fueron hacia el rey de oro, él, con ademán de bendición paterna, impuso al joven sobre la cabeza la corona de roble, y habló: ‘¡Reconoce el bien supremo!’.
Mientras ocurría esto el viejo había observado detenidamente al joven. Luego de que se colgó la espada, se le levantó el pecho, se le movieron los brazos y sus pies pisaron con más firmeza; mientras tomaba con la mano el cetro pareció atenuarse la fuerza y aumentar más por medio de un inefable encanto; pero cuando la corona de roble adornó sus rizos, se le animó la expresión del rostro, le brillaron los ojos con un inefable espíritu, y la primera palabra de su boca fue ‘azucena’.
‘¡Querida azucena!’ exclamó cuando vio que ella venía subiendo por la escalera de plata, pues desde el borde superior del altar ella había estado atenta a su viaje, ‘¡querida azucena!, ¿el hombre, dotado de todo, qué otra cosa más preciosa puede desear que la inocencia y el sereno afecto que me trae tu pecho? -¿Oh!, amigo mío,’ prosiguió él mientras se dirigía al anciano y contemplaba las tres estatuas sagradas, ‘magnífico y seguro es el reino de nuestros padres; pero has olvidado la cuarta fuerza, que es anterior, más general y domina el mundo más seguramente: la fuerza del amor’. Al decir estas palabras se arrojó al cuello de la bella muchacha; ella se había quitado el velo, y sus mejillas se colorearon con el más bello, con imperecedero rubor.
El anciano dijo entonces sonriendo: ‘El amor no domina, pero forma, y esto es más.’”[6]
[5] Ibid., p. 98-100.
[6] Ibid., p. 100-104.
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